Categoría  |  Nuestro Pan Diario

Orar para crecer

Cuando Lam Wai Chan se mudó desde su Singapur natal para pastorear una iglesia en Japón, entró en pánico. La iglesia apenas tenía veinte miembros. En una nación conocida como «cementerio de misioneros», donde aproximadamente el uno por ciento de la población es cristiana y muchas iglesias están vacías, Lam sintió que «estaba tomando el mando de un barco que se hundía». Al clamar a Dios, percibió su respuesta: «Entrégame la iglesia».

Jesús, nuestro sustituto

A medida que la Guerra Civil Estadounidense se prolongaba, ambos bandos recurrieron al reclutamiento obligatorio. Según la ley confederada, un reclutado podía evitar el servicio contratando a otro hombre para que lo reemplazara; en su mayoría, alguien menor o mayor que la edad requerida. Generalmente, el «principal» (como se llamaba al que evadía el reclutamiento) pagaba una tarifa al gobierno y una suma grande a su sustituto. Solo los ricos podían costear un reemplazo.

Más dulce que la miel

Si quieres hacer sonreír a Jaime, pregúntale por sus abejas. Es apicultor. Aunque nuestras reuniones en su casa no son sobre abejas, no es raro que las lecciones de «apicultura» sean una parte estimulante de nuestras conversaciones. Pero aún mejor que hablar de abejas es el sabor fresco y dulce de la miel dorada que producen sus abejas. ¡Mmm, mmm, deliciosa!

Una cosa segura

Los árboles en climas fríos se preparan para el invierno mediante un proceso llamado «aclimatación». El agua drena de las células para que no se congelen, se expandan y rompan el árbol. El agua que queda entre las células es tan pura que los cristales de hielo no pueden adherirse. Los árboles se endurecen en la misma época cada año conforme al calendario fijo de acortamiento de los días. No arriesgan su vida por el clima, que puede ser inusualmente templado. Confían en el sol, su única certeza.

¿Quién es mi prójimo?

Una anciana quedó inconsciente sobre una acera caliente tras una terrible caída. Varios se detuvieron para ayudar: uno llamó al 911, otro colocó un abrigo bajo su cabeza, otros pusieron toallas bajo sus brazos, e incluso otro sostuvo un paraguas sobre ella hasta que llegó la ambulancia. Quien publicó el video escribió que fue una escena sumamente conmovedora porque los que se detuvieron para ayudar eran de distintas edades y etnias.

Brazos abiertos del Padre

El corazón compasivo de Mary Slessor la llevó a abrir sus brazos a los necesitados. La misionera escocesa, nacida en 1848, sirvió entre el pueblo de Okoyong en una tierra lejana. La superstición allí hacía creer que, cuando nacían gemelos, uno era bueno y el otro era hijo de un demonio. Esto solía llevar a que ambos fueran abandonados para morir de hambre u otros peligros. Reflejando el corazón amoroso de Dios, Mary ayudó a salvar a cientos de niños, ¡y adoptó a nueve como propios!

Fe arraigada en Dios

Me sentí sumamente inspirada luego de leer una novela histórica sobre Mary McLeod Bethune, fundadora de la Universidad Bethune-Cookman. Las historias sobre su determinación e interés por los demás me llevaron a leer más sobre ella. Se cuenta cómo, a principios del siglo xx, le «describió» los edificios de su escuela para jóvenes afroamericanas a un rico empresario. Pero cuando él visitó el «campus», encontró solo un edificio. Ella le había descrito su sueño, esperando que él invirtiera en la escuela. Su fe y visión trabajaron juntas para conseguir los fondos. Finalmente, su escuela es hoy una universidad.

Rostros brillantes

«¡Tiene cara de azúcar!», exclamó nuestra veterinaria mientras le hacía el chequeo anual a nuestro perro. «¿Cara de azúcar?», pregunté. «Es un término que se usa para los retrievers cuyos rostros se vuelven prematuramente blancos —respondió sonriendo—. Es solo una señal de la dulzura que llevan dentro».

Preparado para ser generoso

La comida después del funeral de mi tío abuelo incluyó carne asada, maíz y porotos, en honor a la hospitalidad que él y su esposa practicaron durante años. Cada domingo, ponían un gran trozo de carne con verduras en la olla eléctrica antes de ir a la iglesia, y después del servicio, invitaban a alguien a almorzar. A veces, un buen amigo; otras veces, un desconocido. Siempre se aseguraban de tener suficiente comida, y esas tardes estaban especialmente dedicadas a la hospitalidad.

El regalo de la oración

Me esforcé para entrar en la tienda a comprar una tarjeta por el Día del Padre. Ya había perdonado a mi padre, tras haber procesado en oración las heridas que me había causado antes y después de irme de casa a los quince años. Lamentablemente, décadas después, aún no podía identificarme con las tarjetas que expresaban gratitud hacia «el mejor» de los padres. Desesperada por honrar a mi Padre celestial, me quedé allí y oré por mi padre terrenal.