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Articles by Amy Boucher Pye

Buscar la ayuda de Dios

A finales del siglo xix, durante cinco años, las langostas arrasaban las plantaciones en Minnesota. Los granjeros trataban de atraparlas con brea y quemaban sus campos para matar los huevos. Desesperados y al borde de morir de hambre, muchos buscaron tener un día de oración en todo el estado, ansiando buscar juntos la ayuda de Dios. El gobernador accedió, y dedicó el 26 de abril para orar.

El secreto del contentamiento

Cuando Joni Eareckson Tada volvió a su casa después de un accidente al zambullirse en el agua, que la dejó cuadripléjica, su vida cambió por completo. Las puertas eran demasiado pequeñas para su silla de ruedas y los lavatorios demasiado altos. Tenían que darle de comer, hasta que ella decidió reaprender cómo hacerlo. La primera vez que levantó con su férula braquial la cuchara especial, se sintió humillada al volcar el puré de manzana en su ropa. Pero siguió intentando, y expresa: «Mi secreto fue aprender a apoyarme en Jesús y decir: “Oh, Dios, ¡ayúdame con esto!”». Hoy maneja muy bien la cuchara.

Compartir tu fe

Cuando la escritora Becky Pippert vivía en Irlanda, anhelaba compartir la buena noticia de Jesús con Heather, quien había sido su manicura dos años. Pero Heather parecía no tener ningún interés. Como se sentía incapaz de iniciar una conversación, Becky oraba antes de ir a atenderse.

Legalmente suyos

Liz lloró de alegría cuando ella y su esposo recibieron el certificado de nacimiento y el pasaporte de su niña, que confirmaban legalmente la adopción. Ahora, Milena sería siempre su hija y parte de su familia. Meditando en aquel proceso legal, Liz también recordó el «verdadero intercambio» que ocurre cuando nos convertimos en parte de la familia de Dios: «Haber nacido en pecado y quebrantamiento ya no nos sujeta», sino que entramos legal y plenamente en su familia cuando somos adoptados como sus hijos.

Habita en nuestro corazón

A veces, las palabras de los niños pueden sorpresivamente llevarnos a entender mejor la verdad de Dios. Una noche, cuando mi hija era pequeña, le conté sobre uno de los grandes misterios de la fe cristiana: que Dios, por medio de su Hijo y del Espíritu Santo, habita en sus hijos. Mientras la acostaba, le dije que Jesús estaba con ella y en ella. «¿Está en mi panza?», preguntó. «Bueno, no te lo tragaste —respondí—, pero Él está justo contigo».

Extender misericordia

Al reflexionar sobre cómo perdonó a Manasés, el hombre que mató a su esposo y a algunos de sus hijos en el genocidio de Ruanda, Beata dijo: «Mi perdón se apoya en lo que hizo Jesús. Él aceptó el castigo de cada acto vil de todos los tiempos. Solo en su cruz, encontramos la victoria». Manasés le había escrito más de una vez a Beata desde la prisión, rogándole que lo perdonara, mientras detallaba las pesadillas habituales que lo acosaban. Al principio, ella no podía mostrarle misericordia, y le dijo que lo odiaba por matar a su familia. Pero después, «Jesús invadió sus pensamientos», y con la ayuda del Señor, unos dos años después, pudo perdonarlo.

Anfitriones de la realeza

Después de conocer a la reina de Inglaterra en un baile en Escocia, Silvia y su esposo recibieron un mensaje diciendo que la familia real deseaba visitarlos para tomar el té. Silvia comenzó a limpiar y prepararse, nerviosa de recibir a las visitas reales. Poco antes de que llegaran, salió agitada a cortar unas flores para la mesa. Entonces, sintió que Dios le recordaba que Él es el Rey de reyes y que la acompañaba siempre. De inmediato, sintió paz y pensó: Después de todo, ¡no es más que la reina!

Más dulce que la miel

El Día de Chicago en octubre de 1893, los teatros de la ciudad cerraron porque sus dueños pensaron que todos asistirían a la Feria Mundial. Fueron más de 700.000 personas, pero Dwight Moody quería llenar con predicación y enseñanza un salón en el otro extremo de Chicago. Su amigo R. A. Torrey no creía que Moody pudiera atraer gente el mismo día de la feria. Pero por la gracia de Dios, lo hizo. Torrey señaló tiempo después que las multitudes fueron porque Moody conocía «ese Libro que este viejo mundo anhela más conocer: la Biblia». Quería que la gente amara la Biblia como Moody lo hizo, leyéndola habitualmente con dedicación y fervor.

Nuevas cada mañana

Mi hermano Pablo creció padeciendo una epilepsia severa, la cual empeoró en su adolescencia. Las noches se volvían horrorosas para él y mis padres ante los ataques que solían durar más de seis horas. Los médicos no podían encontrar un tratamiento que aliviara los síntomas y le permitiera estar consciente al menos parte del día. Mis padres clamaban en oración: «¡Dios, oh Dios, ayúdanos!».

No somos Dios

En Mero cristianismo, C. S. Lewis recomendó hacernos algunas preguntas para averiguar si somos orgullosos: «¿Cuánto me disgusta que los demás me desdeñen, que no me tomen en cuenta, […] se crean superiores a mí o alardeen?». Lewis consideraba que el orgullo era un vicio de «suprema maldad» y la principal causa de desgracia en los hogares y las naciones. Lo llamó un «cáncer espiritual» que devora la posibilidad de tener amor, satisfacción e, incluso, sentido común.