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Compartir nuestros dones espirituales

«Eres bueno tocando la guitarra», le dije a un nuevo amigo en la iglesia. «Gracias —respondió—. Es mi ministerio». Otra vez esa palabra: ministerio. No sabía qué era exactamente ni cómo alguien «tenía» un ministerio, pero mi amigo simplemente estaba usando el talento musical que se le había dado para servir a otros. Cuando descubrí que uno de mis dones era la exhortación, o animar, me sentí un poco decepcionada. Me parecía demasiado sencillo. Pero pronto comprendí que, como líder en nuestro pequeño grupo, me alegraba escribir notas de aliento o llamar a nuestros integrantes. Estaba usando uno de mis dones espirituales sin siquiera saberlo.

El Santo Grial

Durante siglos, las personas se han sentido fascinadas por el Santo Grial: la copa de la que Jesús bebió en la Última Cena. Las leyendas que rodean al rey Arturo y a los caballeros de la Mesa Redonda detallan su obsesión por encontrarla. Creían que tenía poderes mágicos. En el cine, Indiana Jones y su padre, Henry, cumplieron el sueño de toda la vida de Henry al buscar el Grial.

Así obra la sabiduría

Cuando era niño, llevé a casa una libreta con todas calificaciones excelentes. Las de mi hermana, cinco años mayor que yo, eran más bajas, así que pensé que yo era más inteligente que ella. Entonces, mi hermano mayor propuso probarnos. Fue a la biblioteca, tomó un libro y me pidió que leyera. Apenas reconocí algunas palabras, pero mi hermana leyó sin dificultad. Mi hermano declaró que ella era la más inteligente. Su prueba resultó sabia y aprendí la lección.

Prosperar en la presencia de Dios

Los zoólogos describen «el baile de las tortugas»: el encantador comportamiento de las tortugas bobas ante los alimentos. Se ponen en posición vertical, abren la boca, aplauden con sus aletas delanteras y giran en el agua. Pero se ha demostrado que la interferencia de ondas de radio puede alterarles su «GPS» interno, lo cual confunde su navegación, las distrae de su fuente de alimento y, tristemente, detiene su danza.

Amor sin límite

Mi nieto cumplía once años y un grupo de familiares se reunió en un restaurante mediterráneo para celebrarlo. Antes de pedir, mi hijo le preguntó al cumpleañero qué quería. Con cierta timidez, le contestó que le gustaría salmón, aunque sabía que era demasiado caro. Su papá le respondió: «Es tu cumpleaños. Si eso es lo que deseas, puedes pedirlo». Mi nieto estaba encantado, ¡y su amplia sonrisa lo reflejaba!

Corazón de pastor

«¡Un cervatillo quedó atrapado en nuestra cerca!», exclamó Julia a su esposo, Tomás. Él lo liberó con cuidado, pero la madre no aparecía por ninguna parte.

Andar por fe

La mujer subía con cautela cada escalón de la iglesia para el servicio de esa noche. Cuando se detuvo por el dolor o la falta de aire, un hombre que pasaba le dijo: «Un paso a la vez. Es la única manera de lograrlo. Tómalo con calma». Su intención fue animarla, y quizá le dio el impulso que necesitaba para llegar hasta arriba. Eso también alentó mi alma cansada durante mi visita aquella noche.

Esfuerzo colectivo en Cristo

En 1869, comenzó la construcción del Puente de Brooklyn en la ciudad de Nueva York. Poco después, el ingeniero jefe Washington Roebling se enfermó gravemente. Su esposa, Emily, intervino para ayudar. Estudió sus planos, revisó especificaciones e instruyó a sus asistentes. Apoyó a su esposo en todo lo que pudo, y cuando el puente se inauguró en 1883, ella lo cruzó en el primer carruaje. Su esposo elogió el «talento extraordinario» de ella y «su profundo conocimiento del trabajo y de los planos».

Permanecer en Jesús

«Un placer alcanza su plenitud solo cuando es recordado». Así describe un personaje en Más allá del planeta silencioso, de C. S. Lewis, la alegría que surge al rememorar experiencias valiosas. Aunque está bien deleitarnos en un paisaje sobrecogedor o al compartir un hito importante con un ser querido, lo que sentimos puede ser un simple placer inicial. A menudo, la reflexión posterior multiplica el gozo de haber vivido esos momentos.

Orar para crecer

Cuando Lam Wai Chan se mudó desde su Singapur natal para pastorear una iglesia en Japón, entró en pánico. La iglesia apenas tenía veinte miembros. En una nación conocida como «cementerio de misioneros», donde aproximadamente el uno por ciento de la población es cristiana y muchas iglesias están vacías, Lam sintió que «estaba tomando el mando de un barco que se hundía». Al clamar a Dios, percibió su respuesta: «Entrégame la iglesia».