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Nuestro Padre nos cuida

¡Paf! Levanté la vista y estiré la oreja hacia el lugar del ruido. Al ver una mancha en el vidrio de la ventana, miré hacia fuera y descubrí que un pájaro había caído al piso. Me rompió el corazón, y tuve deseos de ayudar a ese ser frágil y cubierto de plumas que aún vivía.

El poder de Dios

Los médicos de Rebeca y Ricardo les dijeron que no podían tener hijos. Pero Dios tenía otros planes; y diez años después, ella quedó embarazada. El embarazo anduvo bien, y cuando empezaron las contracciones, la emocionada pareja fue rápidamente al hospital. El trabajo de parto se hizo más largo e intenso, hasta que finalmente, la doctora decidió hacerle una cesárea. Temerosa, Rebeca lloraba por su bebé y por ella, pero su doctora le aseguró: «Voy a hacer todo lo que pueda, pero vamos a orar a Dios porque Él puede hacer más que yo». Oraron juntas, y poco después, nació Bernardo, un saludable bebé.

El reino de Dios

Mi madre se ha dedicado a muchas cosas durante su vida, pero una que ha mantenido constantemente es su deseo de ver que se les hable de Jesús a los niños. Las pocas veces que vi que mostraba públicamente su disgusto fue cuando alguien intentó recortar el presupuesto para el ministerio entre los niños, para usarlo en lo que consideraban gastos más serios. «Me tomé un verano cuando estaba embarazada de tu hermano, pero después nunca falté», me dijo. Apliqué una poco de matemática familiar y me di cuenta de que mi mamá había estado trabajando con los niños de la iglesia durante 55 años.

Él conoce tu nombre

Después de dejar nuestra iglesia por tres años, mi esposo y yo volvimos a la comunión con la congregación. Pero ¿cómo nos tratarían? ¿Nos recibirían bien? ¿Nos amarían? ¿Nos perdonarían por habernos ido? Tuvimos la respuesta un soleado domingo por la mañana. Al atravesar las grandes puertas de la iglesia, no dejábamos de oír nuestros nombres. «¡Pat! ¡Dan! ¡Qué maravilloso verlos!». Como escribió la autora de libros para niños, Kate DiCamillo: «Lector, nada es más dulce en este triste mundo que escuchar que alguien que te ama te llame por tu nombre».

Maravilla invisible

En el ocaso de su vida, los pensamientos de la Sra. Goodrich aparecían y se perdían junto con los recuerdos de una vida intensa y llena de gracia. Sentada al lado de una ventana que daba a la gran bahía Traverse, en Michigan, tomó su libreta. En palabras que poco después no reconocería que eran suyas, escribió: «Aquí estoy en mi sillón favorito, y mi corazón flota. La olas golpeadas por el sol allí abajo en el agua se mueven constantemente… no sé hasta dónde. ¡Pero te doy gracias, querido Padre en las alturas, por tus bendiciones innumerables y tu amor eterno! Siempre me asombra pensar cómo puede ser que esté tan enamorada de Alguien a quien no puedo ver».

¿Quién eres?

El líder de nuestra videoconferencia dijo: «¡Buen día!». Yo respondí: «Hola», pero no lo estaba mirando porque me distrajo mi propia imagen en la pantalla. ¿Así me veo? Observé los rostros sonrientes de los demás y los veía tal cual son. Entonces, sí, debo de ser yo. Tendría que bajar un poco de peso… y cortarme el cabello.

Avanzar hacia la madurez espiritual

En una encuesta reciente, los participantes tenían que identificar a qué edad pensaban que se volvían adultos. Los que se consideraban adultos indicaban que tener un presupuesto y comprar una casa encabezaban su lista de señales de «madurez». Otras actividades iban desde cocinar todas las noches hasta fijar sus propias citas médicas; e incluso cosas más humorísticas como disfrutar de quedarse en casa un sábado por la noche en lugar de salir.

Rescate divino

Tras una llamada al 911, un policía condujo junto a las vías del tren, iluminando con los reflectores, hasta que divisó el vehículo atravesado sobre los rieles. La cámara del patrullero captó la escena mientras un tren se acercaba al automóvil. «El tren venía rápido —dijo el policía—, a más de 80 kilómetros por hora». Sin vacilar, segundos antes de que lo atropellara, alcanzó a sacar del auto a un hombre desmayado».

Una edificadora sabia

Isabella Baumfree nació esclava en 1797 en Esopus, Nueva York. Aunque casi todos sus hijos fueron vendidos como esclavos, escapó en 1826 con una hija y vivió con una familia que pagó por su libertad. En lugar de permitir que un sistema injusto mantuviera separada a su familia, inició acciones legales para recuperar a su pequeño hijo Peter; una gran hazaña para una mujer afroamericana en aquella época. Como sabía que no podía criar a sus hijos sin la ayuda de Dios, aceptó a Cristo como Salvador y cambió su nombre a Sojourner Truth [Verdad Peregrina], para demostrar que su vida estaba edificada sobre el fundamento de la verdad de Dios.

Nuestro verdadero yo

En el álbum de fotos antiguas de mis padres hay una de un muchachito: cara redonda, pecas y cabello rubio y lacio; le encantan las historietas, odia los aguacates y tiene un solo disco: de Abba. Y hay otra de un joven: cara larga, cabello ondulado y sin pecas; le gustan los aguacates, mira películas en lugar de historietas ¡y jamás admitiría tener un disco de Abba! El muchachito y el joven se parecen un poco. Según la ciencia, tienen piel, dientes, sangre y huesos diferentes. Y aun así, ambos son yo. Esta paradoja ha desconcertado a los filósofos. Puesto que cambiamos a través de los años, ¿quién es el yo real?