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Articles by Arthur Jackson

«Aunque»

En 2017, la oportunidad de ayudar a algunas personas tras la devastación producida por el huracán Harvey en Estados Unidos nos motivó a un grupo a viajar a Houston con el objetivo de alentar a los afectados por la tormenta. Mientras ayudábamos, nuestra fe fue desafiada y fortalecida al acompañarlos frente a sus iglesias y casas dañadas.

Listo para ser restaurado

Mientras servía en el ejército en Alemania, me compré un Volkswagen Beetle 1969 nuevo. ¡Era hermoso! El verde oscuro del exterior complementaba el cuero marrón del interior. Pero con los años, comenzaron a suceder cosas, incluido un accidente que arruinó el estribo y destruyó una de las puertas. Con más imaginación, podría haber pensado: «¡Mi auto clásico era un candidato perfecto para una restauración!». Y con más dinero, podría haberlo arreglado… pero nada de eso ocurrió.

Desvíos divinos

A veces, nos resulta difícil escuchar «no» o «ahora no» de parte de Dios. Al inicio de mi ministerio, surgieron dos oportunidades de servicio en iglesias, pero ambas puertas terminaron cerrándose. Después de estas dos desilusiones, surgió otro puesto, y esta vez, me seleccionaron. Con ese llamado ministerial, vinieron trece años de trabajo pastoral que impactó muchas vidas.

Presente en la tormenta

El fuego arrasó con el hogar de una familia de nuestra iglesia. Aunque el padre y un hijo sobrevivieron, el padre todavía estaba hospitalizado cuando su esposa, su madre y dos hijos fallecieron. Cuando sucesos desgarradores como estos aparecen, también lo hace la antigua pregunta: ¿Por qué a las personas buenas les pasan cosas malas?

Encadenados pero no silenciados

En 1963, la defensora de derechos humanos, Fannie Lou Hamer, y otras seis personas entraron a comer a un restaurante en Winona, Mississippi. Después de que unos policías los obligaron a irse, fueron detenidos y encarcelados. Pero la humillación no terminaría con un arresto ilegal, sino que todos fueron golpeados, y Fanny recibió lo peor. Tras un brutal ataque que la dejó casi muerta, comenzó a cantar: «Pablo y Silas encerrados en la cárcel; deja a mi pueblo ir». Y no cantaba sola. Los otros prisioneros —sujetos sus cuerpos pero no sus almas— se unieron a ella en el canto.

Las manos asombrosas de Dios

Veinte minutos después de despegar, el plan de vuelo pasó de la calma al caos. Cuando uno de los motores del avión falló, partes sueltas rompieron una de las ventanillas, y la cabina se descomprimió. Lamentablemente, varios pasajeros sufrieron heridas y una persona murió. De no haber tenido el avión un piloto tranquilo y capaz —entrenado para la guerra—, las cosas habrían sido trágicamente peores. El titular de un periódico decía: «En manos asombrosas».

Fuerza del segundo aliento

A los 54 años, participé de la maratón de Milwaukee con dos objetivos: terminar la carrera y hacerlo en menos de cinco horas. Mi tiempo habría sido asombroso si la segunda mitad del recorrido hubiese ido tan bien como la primera. Pero la carrera era extenuante, y el segundo aliento que esperaba nunca llegó. Cuando crucé la línea de llegada, mi paso firme se había tornado en una caminata dolorosa.

Luces brillantes

En 2015, un grupo de nuestra iglesia quedó impactado con lo que vio en Mathare, uno de los barrios pobres de Nairobi, Kenia. Visitamos una escuela con pisos sucios, paredes de metal oxidado y bancos de madera. Pero en ese entorno extremadamente humilde, sobresalía una persona.

Marcados por Momma

Su nombre era largo, pero más lo fue su vida. Madeline Harriet Orr Jackson Williams vivió hasta los 101 años. Madeline era mi abuela, y la llamábamos Momma. Mis hermanos y yo la conocíamos bien, ya que vivimos en su casa hasta que falleció su segundo esposo. Aun después, estaba a menos de 90 kilómetros de distancia de casa. Ella cantaba himnos, citaba versículos bíblicos, tocaba el piano, amaba al Señor, y su fe ha dejado una huella en nosotros.

Nos sostiene de la mano


La niñita que andaba por la escalera un domingo en la iglesia era bonita, valiente e independiente. Aunque parecía tener apenas dos años, fue bajando los escalones uno por uno hasta el nivel más bajo. Su misión era bajar la escalera, y lo logró. Me sonreí mientras pensaba en la osada independencia de esta valerosa pequeña. La niña no tenía miedo porque sabía que su madre la vigilaba siempre y que extendía su mano para ayudarla. Esto describe perfectamente la disposición del Señor a ayudar a sus hijos mientras estos se abren camino entre las diversas incertidumbres de la vida.