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Articles by James Banks

Señor del momento

Hace poco, estuve trabajando en la casa de mi hijo a unas tres horas de distancia. El proyecto llevó más de lo esperado, y todas las mañanas oraba para poder terminar al atardecer. Pero siempre quedaba algo pendiente.

¿Quién conduce?

Mi vecino Tim tiene en el panel de su auto una estatuilla de un «monstruo» basada en el preciado libro para niños de Maurice Sendak, Donde viven los monstruos.

Tu voluntad, no la mía

Kamil y Joelle quedaron devastados cuando a su hija Rima, de ocho años, le diagnosticaron leucemia. La enfermedad se complicó, y Rima entró en coma. El equipo médico del hospital les dijo a los padres que hicieran los arreglos para el funeral de la niña, dándole menos del uno por ciento de chances de sobrevivir.

Confiar primero en Él

«¿Papá, no me sueltes!» «No lo haré. Te tengo agarrado. Te lo aseguro».

Legados de amor

Estaba hojeando la Biblia de mi bisabuela, cuando un tesoro cayó sobre mis piernas. En un pequeño trozo de papel, escrito con letras de niño, estaban estas palabras: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación» (Mateo 5:3-4). Garabateada debajo de esos versículos, estaba la firma de mi madre.

Amor inalterable

Cuando iba a la escuela secundaria, jugaba en el equipo intercolegial de tenis. Pasé muchas horas de mi adolescencia tratando de mejorar mi juego en cuatro canchas de cemento ubicadas a dos cuadras de mi casa.

Aprender a confiar

Cuando era adolescente, a veces desafiaba a mi madre cuando ella trataba de motivarme a tener fe. «Confía en Dios. Él se ocupará de ti», me decía. «No es tan fácil —le gritaba yo—. ¡Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos!».

Una oración que nos encamina al cielo

Una de las primeras plegarias que aprendí de niño era: «Ahora que me acuesto a dormir, te pido, Señor, que me cuides…». Esta oración que aprendí de mis padres, se la enseñé a mis hijos cuando eran pequeños. Me confortaba muchísimo colocarme en las manos de Dios, diciendo esas palabras antes de dormirme.

El regalo del tiempo

Entré volando a la oficina de correos. Tenía varias cosas anotadas para hacer, pero, al entrar, me frustré cuando vi una fila larga que llegaba hasta la puerta. «Apresúrate y espera», musité, mientras miraba el reloj.

Refugio en la tormenta

Cuando vivía en Oklahoma, tenía un amigo que «perseguía» tornados. Juan detectaba cuidadosamente las tormentas mediante contactos radiales con otros perseguidores y un radar local, y trataba de guardar una distancia prudencial mientras observaba el recorrido de la destrucción, para poder informar de cambios repentinos a las personas que se encontraban en el sendero de peligro.