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Dar gracias

Durante años, disfruté de los escritos del autor británico G. K. Chesterton. Su humor y perspectiva me hacían reír y luego pausar para una consideración más seria. Por ejemplo, escribió: «Tal vez, des gracias antes de comer. Eso está bien. Pero yo doy gracias antes de la obra y la ópera, antes del concierto y la pantomima; doy gracias antes de abrir un libro y de dibujar, pintar, nadar, practicar esgrima y boxeo, caminar, jugar y bailar; y doy gracias antes de meter la pluma en la tinta».

El consuelo de un amigo

Una mamá se sorprendió al ver a su hija embarrada desde la cintura para abajo al llegar a casa de la escuela. La niña explicó que una amiga se había resbalado y caído a un charco de lodo. Mientras alguien corría a buscar ayuda, ella sintió lástima por su amiga, así que se sentó en el charco con su amiga hasta que llegó una maestra.

Pertenencia

Como todos los sábados, había trasnochado. Con solo 20 años, estaba huyendo de Dios. Pero, de repente y de manera extraña, sentí el apremio de asistir a la iglesia que mi papá pastoreaba. Me puse mis pantalones desteñidos, una camiseta muy gastada y unas zapatillas sin atar, y me dirigí en el auto al otro lado de la ciudad.

Comunión con Jesús

Nunca olvidaré la vez que tuve el privilegio de sentarme junto a Billy Graham a cenar. Me sentí honrado, aunque algo nervioso, al no saber qué sería adecuado decir. Pensé que sería interesante empezar la conversación preguntándole qué le había gustado más de sus años de ministerio. Después, con torpeza, empecé a sugerir posibles respuestas. ¿Le había gustado más conocer a presidentes, reyes y reinas? ¿O tal vez predicar el evangelio a millones en todo el mundo?

El tiempo

«Los occidentales tienen relojes. Los africanos tienen tiempo». Eso dijo Os Guinnes, citando un proverbio africano en su libro Impossible People [Personas increíbles]. Esto me llevó a meditar en las veces que he respondido a una petición, diciendo: «No tengo tiempo». Pensé en cómo la tiranía de lo urgente, los horarios y las fechas límites dominan mi vida.

Cada momento cuenta

Cuando conocí a Ada, ella había sobrevivido a todos sus amigos y familiares, y vivía en un hogar de ancianos. «Es la parte más difícil de envejecer —me dijo—; ver que todos los demás siguen adelante y te dejan atrás». Un día, le pregunté a Ada qué le interesaba y cómo pasaba su tiempo. Me respondió con un pasaje de la Escritura, del apóstol Pablo (Filipenses 1:21): «para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia». Después, dijo: «Mientras estoy aquí, tengo trabajo para hacer. En mis días buenos, puedo hablar con la gente de aquí sobre Jesús; en mis días malos, puedo orar».

Juicio deficiente

He sido rápida para juzgar a cualquiera que veo por la calle mirando su teléfono. ¿Cómo puede estar tan ajeno a los autos que pueden atropellarlo?, me he preguntado. ¿Acaso no le importa su propia seguridad? Pero, un día, mientras cruzaba un callejón, estaba tan absorta en un mensaje de texto que no vi un auto a mi izquierda. Gracias a Dios, el conductor me vio y frenó en seco. Pero yo me sentí avergonzada. Me acordé de todas las veces que había juzgado a los demás. Me había creído superior, y había caído en el mismo error.

Bendición en el lío

A veces, me encuentro pensando: Yo me metí en este lío, así que tengo que salir sola. Aunque creo en un Dios de gracia, tiendo a actuar como si su ayuda solo estuviera a mi disposición cuando la merezco.

Nuestro lugar seguro

Mi primer trabajo fue en un restaurante de comida rápida. Un sábado por la noche, un hombre se quedó dando vueltas, preguntando cuándo terminaba mi turno. Me hizo sentir incómoda. Aunque no vivía lejos, me daba miedo caminar sola hasta mi casa a través de un par de estacionamientos oscuros y un tramo de campo arenoso. Por fin, a medianoche, entré a la oficina a hacer un llamado telefónico.

Tal como lo anunciado

Durante unas vacaciones, mi esposo y yo nos anotamos para un paseo en balsa por el río. Vestida con sandalias, un vestido de verano y un amplio sombrero, me quejé al descubrir que, contrario a lo anunciado, el paseo incluía rápidos suaves. Gracias a Dios, íbamos con una pareja experimentada en aguas rápidas. Nos enseñaron lo esencial para remar, y prometieron llevarnos a salvo a nuestro destino. Agradecida por mi chaleco salvavidas, gritaba y me mantenía aferrada a la balsa hasta que llegamos a la ribera río abajo. Terminamos riéndonos, empapados, aunque el paseo no había correspondido con el anuncio.