Categoría  |  Nuestro Pan Diario

Musa de la nieve

El grupo musical local Over the Rhine, llamado así por el duro barrio obrero donde se originó, en Cincinnati, Ohio, canta sobre una transformación que tenía lugar todos los años en esa ciudad. «Cada vez que llegaba la primera nevada real del año, se sentía como que algo sagrado estaba sucediendo —explica el cofundador de la banda, Linford Detweiler—. Una especie de nuevo comienzo. La ciudad se volvía más lenta y silenciosa».

La razón para escribir

«El Señor es mi alto refugio […]. Cantábamos mientras dejábamos el campamento». El 7 de septiembre de 1943, Etty Hillesum escribió estas palabras en una tarjeta y las arrojó desde un tren. Fueron sus últimas palabras registradas. El 30 de noviembre fue asesinada en Auschwitz. Tiempo después, sus diarios de las experiencias en un campo de concentración se tradujeron y publicaron. Allí relataba su perspectiva sobre los horrores de la ocupación nazi y la belleza del mundo de Dios.

Buscar a Dios

Una mañana, un tiempo de oración en familia terminó con un anuncio sorprendente. En cuanto Papá dijo: «Amén», Kaitlyn, de cinco años, proclamó: «Y yo oré por Logan, porque tenía los ojos abiertos mientras orábamos».

Ocuparme de mis asuntos

Hace años, mi hijo Josh y yo ascendíamos por un sendero montañoso cuando divisamos una nube de polvo en el aire. Avanzamos lentamente y descubrimos un tejón muy ocupado haciendo una cueva en la tierra. Con la cabeza y los hombros en el agujero, cavaba vigorosamente con las patas delanteras, mientras quitaba la tierra con las traseras. Estaba tan concentrado en su trabajo que no nos oyó.

¿Quién sabe…?

Según una leyenda china, cuando Sai Weng perdió uno de sus preciados caballos, su vecino le expresó su tristeza por la pérdida. Pero Sai Weng no estaba preocupado. Dijo: «¿Quién sabe si tal vez sea bueno para mí?». Sorprendentemente, el caballo perdido regresó con otro caballo. Cuando el vecino lo felicitó, le contestó: «¿Quién sabe si tal vez sea malo para mí?». Resultó ser que su hijo se fracturó la pierna montando el caballo nuevo. Eso pareció mala suerte, hasta que el ejército llegó a la aldea para reclutar a todos los hombres aptos para ir a la guerra. Debido a su lesión, el hijo no fue reclutado, lo que tal vez impidió que muriera.

Conocer al Padre

Según una leyenda, una vez, el conductor británico Sir Thomas Beecham vio a una mujer de aspecto distinguido en el salón de un hotel. Creyendo que la conocía pero sin poder recordar su nombre, se detuvo para hablar con ella. Mientras hablaban, recordó vagamente que tenía un hermano. Esperando obtener una pista, le preguntó por él y si todavía tenía el mismo trabajo. «Oh, él está bien —dijo ella—, y sigue siendo rey».

Preservados

Mientras limpiaba el jardín para prepararlo para los cultivos de primavera, tomé un manojo grande de malezas invernales y las arranqué de un tirón. Una cobra venenosa estaba escondida en el matorral justo debajo de mi mano; unos pocos centímetros más y la habría agarrado sin querer. Vi sus manchas coloridas en cuanto levanté el manojo; el resto estaba enroscado en las malezas entre mis pies.

Seguro y tranquilo

Mi hijo Xavier era un pequeño lleno de energía que no se quedaba quieto. Por la tarde, eso solía terminar en una indeseada pero muy necesaria siesta. Entonces, se contoneaba en su silla, se bajaba del sofá, gateaba por el piso de madera e incluso rodaba por todo el cuarto para evitar la quietud. «Mamá, tengo hambre… tengo sed… tengo que ir al baño… quiero un abrazo». Como yo sabía que le haría bien descansar, lo abrazaba; y reclinado junto a mí, se dormía.

No rendirse nunca

«El tiempo pasaba. La guerra llegó». Así describía Semi Nigo, obispo del pueblo kelilo del sur de Sudán, los retrasos en la larga lucha de su iglesia por conseguir la Biblia en su idioma. Décadas antes, su abuelo había iniciado un proyecto de traducción de la Biblia, pero la guerra y la agitación social lo habían obstaculizado. No obstante, a pesar de los repetidos ataques a sus campos de refugiados en otros países africanos, el obispo y otros creyentes mantuvieron activo el esfuerzo.

Nuevas cada mañana

Mi hermano Pablo creció padeciendo una epilepsia severa, la cual empeoró en su adolescencia. Las noches se volvían horrorosas para él y mis padres ante los ataques que solían durar más de seis horas. Los médicos no podían encontrar un tratamiento que aliviara los síntomas y le permitiera estar consciente al menos parte del día. Mis padres clamaban en oración: «¡Dios, oh Dios, ayúdanos!».