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Articles by Adam Holz

Nuestra ancla ante el miedo

¿Eres aprensivo? Yo sí. Casi todos los días, lucho con la ansiedad. A veces, parece que me preocupo por todo; cosas grandes y pequeñas. Una vez, cuando era joven, llamé a la policía porque mis padres se habían atrasado cuatro horas de camino a casa.

«¡Imposible no quererte!»

Una mañana, mi hija exclamó al levantarse: «¡Imposible no quererte!». Entonces, me mostró su camiseta. En el frente, estaba esta frase: «Imposible no quererte». La abracé con fuerza y ella sonrió, llena de alegría. «¡A ti es imposible no quererte!», le dije. Se alejó dando saltitos, repitiendo esa frase una y otra vez.

Desbordante

«¡No! ¡No! ¡NO!», grité. No sirvió. Ni un poquito. Mi brillante solución para nuestro problema de taponamiento —descargar de nuevo el inodoro— consiguió exactamente lo opuesto a lo que yo quería. En cuanto presioné la palanca, supe que había cometido un error. Y me quedé parado sin poder hacer nada mientras el agua se desbordaba.

En nuestras tormentas

El viento rugía, los relámpagos encandilaban, las olas golpeaban. Pensé que moriría. Mis abuelos y yo estábamos pescando en un lago, pero nos habíamos quedado demasiado tiempo. Cuando el sol se puso, una rápida borrasca se desató sobre nuestro pequeño bote. Mi abuelo me dijo que me sentara en la popa, para no darnos vuelta. En ese momento, no sé cómo, empecé a orar, aterrorizado. Tenía catorce años.

Cuando Dios nos llena

¿Qué había hecho? Tendría que haber sido uno de los momentos más emocionantes de mi vida. En cambio, fue de los más solitarios. Acababa de conseguir mi primer trabajo «real» después de la universidad, en una ciudad a cientos de kilómetros de donde nací. Pero la emoción de ese gran paso se desvaneció pronto. Tenía un apartamento pequeño y sin muebles. No conocía la ciudad ni a nadie. El trabajo era interesante, pero el sentimiento de soledad era devastador.

De arañas y la presencia de Dios

Arañas. No conozco a ningún niño a quien le gusten. Al menos, en su habitación… a la hora de dormir. Pero mi hija, cuando estaba por acostarse una noche, vio una araña peligrosa cerca de su cama. «¡¡¡Papá!!! ¡¡¡Araña!!!», gritó. Por más que lo intenté, no pude encontrar a la intrusa de ocho patas. «No te va a hacer nada», le aseguré, pero ella no estaba muy convencida. Solo cuando le dije que me quedaría al lado de su cama para vigilar, accedió a meterse en la cama.

Aprovechar la oportunidad

Como muchos, lucho por hacer suficiente ejercicio. Por eso, hace poco, compré un artefacto para motivarme a la acción: un podómetro. Es algo simple, pero resulta asombroso cómo este contador de pasos afecta mi motivación. En vez de quejarme cuando tengo que dejar el sofá, lo veo como una oportunidad para sumar pasos. Las tareas comunes, como darles un vaso de agua a mis hijos, se convierten en oportunidades para alcanzar un objetivo mayor. En ese sentido, mi podómetro me cambió la perspectiva y la motivación. Ahora, busco dar más pasos cada vez que sea posible.

Cultivar un corazón de siervo

Había sido un día largo en el trabajo. Pero, cuando llegué a casa, fue el momento de comenzar mi «otro» trabajo: ser un buen padre. Los saludos de mi esposa y mis hijos se convirtieron de inmediato en: «Papá, ¿qué hay para cenar?»; «Papá, ¿me traes agua?»; «Papá, ¿podemos jugar al fútbol?».

Lo único que yo quería era sentarme. Aunque…