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Articles by Anne Cetas

¡No lo olvides!

Junto con mi sobrina y su hija Kailyn, de cuatro años, pasamos una hermosa tarde de sábado juntas. Jugamos con pompas de jabón en el patio, coloreamos un libro de princesas y comimos sándwiches de mantequilla de maní y mermelada. Cuando subieron al auto para irse, Kailyn gritó dulcemente por la ventanilla abierta: «No te olvides de mí, tía Anne». Caminé rápido hacia el coche y susurré: «Nunca podría olvidarte. Te prometo que te veré pronto».

Sí, claro

Silvia se acomodó en un sillón después de un largo día. Miró por la ventana y vio a una pareja anciana luchando para mover un trozo de una cerca vieja que tenía una etiqueta que decía: «gratis». Silvia llamó a su esposo y fueron a ayudarlos. Los cuatro se esforzaron para subir la cerca a un carro y empujarlo hasta la casa de la pareja, a la vuelta de la esquina, riéndose todos en el trayecto por el espectáculo que darían. Cuando volvieron para buscar la segunda parte, la mujer le preguntó a Silvia: «¿Ser mi amiga?». «Sí, claro», le contestó. Más tarde, se enteró de que su nueva amiga vietnamita sabía poco inglés y que se sentía sola, lejos de sus hijos.

Empezar ya mismo

En febrero de 2017, cuando la biopsia de mi hermana mayor reveló que tenía cáncer, les dije a mis amigos: «Necesito pasar el mayor tiempo posible con Carolyn… empezando ya mismo». Algunos me dijeron que mis sentimientos eran una reacción exagerada ante la noticia. Pero ella murió a los diez meses. Y aunque había pasado horas con ella, cuando amamos a alguien, el tiempo nunca es demasiado para un corazón que ama profundamente.

¿Podemos relajarnos?

Darío entró a la oficina de la kinesióloga sabiendo que experimentaría mucho dolor. Después de sostenerle el brazo en varias posiciones incómodas durante algunos segundos, la kinesióloga le dijo con suavidad: «Bueno, puedes relajarte». Más adelante, él comentó: «Creo que lo escuchaba al menos 50 veces en cada sesión de kinesiología: “Bueno, puedes relajarte”».

Lo único que puedo ver


Un helado día de invierno, Cristina estaba parada mirando el hermoso faro rodeado de nieve junto al lago. Cuando sacó el teléfono para tomar fotos, se le empañaron los anteojos. Como no podía ver nada, decidió apuntar con la cámara hacia el faro, y tomó tres fotos desde diferentes ángulos. Más tarde, cuando las miró, se dio cuenta de que la cámara estaba en modo selfie, y riéndose, decía: «Mi foco era yo, yo y yo. Lo único que podía ver era a mí misma». Las fotos de Cristina me hicieron pensar en un error similar: podemos estar tan enfocados en nosotros mismos que perdemos de vista el panorama más amplio del plan de Dios.


¿Qué clase de Salvador es?


El año pasado, unos amigos y yo orábamos todos los días para que tres mujeres que batallaban contra el cáncer se sanaran. Sabíamos que Dios tenía poder para curarlas. Lo habíamos visto obrar en el pasado y estábamos convencidos de que podía hacerlo otra vez. En cada caso, hubo días en que parecía que sanarse era una realidad, y nos alegrábamos. Pero todas murieron ese otoño. Algunos dijeron que fue «la sanación definitiva»; y en cierto modo, lo fue. Aun así, lamentamos profundamente perderlas. Queríamos que Dios las sanara a todas —aquí y ahora—, pero por razones que no entendemos, no ocurrió ningún milagro.


Dónde hallar esperanza

Elisa luchó mucho tiempo con la adicción a las drogas. Cuando se recuperó, quiso ayudar a otros, en agradecimiento. Entonces, empezó a escribir notas y a colocarlas de forma anónima en diferentes lugares de la ciudad donde vivía. Las ponía debajo de limpiaparabrisas de autos y en postes de parques. Antes, ella buscaba señales de esperanza; ahora, las coloca para que otros las encuentren. Una de sus notas terminaba diciendo: «Con mucho amor. Hay esperanza».

A través de la cruz

Tom, mi compañero de trabajo, tiene una cruz de vidrio sobre su escritorio. Su amigo Phil, que, como él, ha sobrevivido el cáncer, se lo regaló para ayudarlo a ver todo «a través de la cruz». Esa cruz de vidrio es un recordatorio constante del amor y los buenos propósitos de Dios.

Porque Él es bueno

Joel y Laura decidieron regresar a su lugar de origen en Michigan. Para llevarse un último recuerdo especial, se detuvieron en su librería predilecta y compraron dos adhesivos para el automóvil, con la frase favorita de la ciudad de la que se despedían: «Nada como un día en Edmonds».

Tomarse el tiempo

Rima, una mujer siria que acababa de mudarse a los Estados Unidos, trataba de explicar con ademanes y su limitado inglés por qué estaba decepcionada. Con lágrimas, mostraba un plato hermosamente adornado de fatayer (tartaletas de carne, queso y espinaca) que había preparado. Dijo: «Un hombre», y señaló de la puerta a la sala y de nuevo a la puerta. Su tutor sabía que personas de una iglesia cercana irían a visitarla y llevarle regalos. Pero apareció solamente un hombre; entró apurado, dejó las cajas y se fue, solo para cumplir con su responsabilidad, mientras que Rima y su familia anhelaban compartir su fatayer con sus nuevos amigos.