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Basta de orfandad

Guy Bryant, soltero y sin hijos propios, trabajaba en el departamento de bienestar infantil en Nueva York. Todos los días enfrentaba la gran necesidad de conseguir padres de acogida y decidió hacer algo al respecto. Por más de diez años, albergó a más de 50 niños, cuidando una vez a nueve al mismo tiempo. «Cada vez que me daba vuelta, había un niño que necesitaba un lugar donde quedarse —explicó—. Si tienes el lugar en tu casa y en tu corazón, simplemente lo haces. Ni siquiera lo piensas». Bryant les ha mostrado el amor de un padre a muchos.

¿Cómo está?

Carla estaba muriendo y lo sabía. Mientras yacía en su cama en el hospital, su cirujano con un grupo de médicos residentes jóvenes entraron a la habitación. Durante unos minutos, el doctor, ignorando a Carla, describió al grupo su condición terminal. Finalmente, se dirigió a ella y preguntó: «¿Cómo está?». Carla sonrió y les habló con ternura sobre su esperanza y paz en Jesús.

Plantado en Dios

«El viento agita las lilas»; así comienza el poema de Sara Teasdale titulado May [Mayo], donde describe una visión de los arbustos de lilas que se sacuden con las fuertes ráfagas. Pero se lamentaba de un amor perdido, y su poema pronto se volvió triste.

Nuevo ADN en Jesús

A Cris le volvieron a analizar la sangre cuatro años después de un trasplante de médula ósea. La médula del donante no solo lo había sanado sino que había dejado una sorpresa: su ADN. En realidad, tiene sentido porque el objetivo del procedimiento era reemplazar su sangre debilitada con la sana de un donante. En algunos sentidos, Cris se había convertido en otra persona… aunque mantenía sus recuerdos, su apariencia y parte de su ADN original.

Invertir en otros

Cuando una compañía ofreció mil millas para viajeros frecuentes por cada diez compras de uno de sus productos, un hombre se dio cuenta de que el más barato eran tazas individuales de postre de chocolate. Compró más de 12.000; y por 3.000 dólares, recibió un suministro de millas de por vida para él y su familia. También donó el postre a obras benéficas, lo que redujo sus impuestos en 800 dólares. ¡Un genio!

Soberbia y engaño

Amado Dios, gracias por tu corrección amable y alentadora —murmuré con los hombros caídos—. He sido tan soberbia al pensar que podía sola. Durante meses, había disfrutado de exitosos proyectos de trabajo, y los elogios me tentaron a confiar en mis capacidades e ignorar la guía de Dios. Tuve que enfrentar un proyecto desafiante para darme cuenta de que no era tan inteligente como pensaba. Mi corazón soberbio me había engañado, haciéndome creer que no necesitaba la ayuda del Señor.

Ternura divina

Una vez, oí que un empresario decía que, en sus años de universidad, solía sentirse «impotente y desesperado» por crisis depresivas. Lamentablemente, nunca habló con un doctor sobre sus sentimientos, sino que recurrió a planes más drásticos: solicitó en una biblioteca un libro sobre el suicidio y estableció una fecha para quitarse la vida.

Las movidas de Dios

Me encanta jugar Scrabble. Una vez, mis amigos le pusieron mi nombre a una jugada: «Katara». Iba perdiendo todo el tiempo, pero al final —sin más fichas para tomar— puse una palabra de siete letras. Eso significó que la partida había terminado: recibí un bono de 50 puntos más la suma de las fichas que les quedaban a todos mis adversarios, y pasé del último lugar al primero. Ahora, cada vez que jugamos y alguien va último, se acuerdan y mantienen la esperanza de hacer una «Katara».

Charlas de fe en casa

«No hay mejor lugar que en casa». Esta frase inolvidable dicha por Dorothy en El mago de Oz revela un recurso narrativo que se encuentra en un número asombroso de recordadas historias, desde La guerra de las galaxias hasta El rey león. Se lo conoce como «monomito»: una persona común que vive una vida común, cuando se presenta una aventura extraordinaria. El personaje deja su casa y viaja a un mundo distinto donde le aguardan pruebas y dificultades, así como mentores y villanos. Si supera las pruebas y demuestra heroísmo, la etapa final es regresar a casa con historias para contar y más sabiduría. El último acto es crucial.

Suficiente tiempo

Cuando vi el enorme ejemplar de Guerra y paz, de León Tolstói, en el estante de una amiga, confesé: «Nunca pude leerlo completo». «Bueno —sonrió Marty—; cuando me jubilé, me lo regaló una amiga que me dijo: “Ahora vas a tener tiempo de leerlo finalmente”».