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Libertad en el amor de Dios

¿Alguna vez escuchaste la expresión «albatros alrededor del cuello», una frase referente a una carga agobiante? Alude al famoso poema de Samuel Coleridge, La balada del viejo marinero. Un marinero mata un albatros inofensivo y amistoso. La tripulación cree que ese acto cruel maldice su travesía y lo obliga a cargar el ave muerta en el cuello como castigo.

El poder de la música

El 21 de noviembre de 1915, la esperanza de Sir Ernest Shackleton y los tripulantes del Endurance se hundió junto con el barco en las oscuras profundidades bajo el hielo antártico. Quedaron varados a miles de kilómetros de casa. Más tarde, la tripulación comentó varias cosas que ayudaron a su supervivencia, incluido un banjo Windsor de más de cinco kilos de peso. Al emprender su ardua travesía, Leonard Hussey (el meteorólogo de la expedición) fue el único autorizado a llevar más de un kilo de pertenencias. «Es medicina mental vital —le dijo Shackleton a Hussey— y la vamos a necesitar». Los diarios de la tripulación explicaban el poder de aquella música. «El banjo […] alimenta el cerebro», escribió un marinero.

Nuestra parte y la parte de Dios

En Singapur, el gobierno alienta a la gente a apoyar buenas causas mediante la igualación de donaciones. «Complementa» las donaciones a organizaciones benéficas contribuyendo con una cantidad igual o mayor. Al multiplicar las contribuciones, espera incentivar a las personas a participar más en dádivas de caridad.

Dar con generosidad

Cuando Oswald y Biddy Chambers dirigieron un instituto bíblico en Londres entre 1911 y 1915, mantuvieron su principio de vida de no rechazar a los necesitados. Algunos londinenses se horrorizaron ante esa práctica, pensando que se aprovecharían del instituto. En respuesta y sin invitar a otros a seguir su ejemplo, Oswald señaló: «Mi responsabilidad es dar. Dios se encargará de quien pida».

Extender el cuidado de Dios

Cuando era adolescente, tenía una relación tensa con Lisa, una compañera de la iglesia, así que me desanimé al saber que compartiríamos la habitación en el campamento de verano. Pero la semana transcurrió sin problemas.

Imitar el perdón de Dios

Solía trabajar con una mujer llamada Madge, una cocinera maravillosa. «¡Tendrías que probar mi sopa de arvejas con jamón!», me dijo un día. Cuando respondí que no me gustaban las arvejas, sonrió y dijo: «Te gustarán después de probar mi sopa». Al día siguiente, me entregó un recipiente con su sopa, hecha especialmente para mí.

Esperar en Dios

Cuando era niña, me entusiasmaba al ver coloridos carteles especiales al costado del camino. Creía que ya habíamos llegado al parque de diversiones al que íbamos. Comenzaba alegremente a recoger mis cosas, solo para decepcionarme al ver más carteles y tener que esperar aún más antes de llegar. Finalmente, entendí que esos carteles anunciaban que los visitantes estaban cerca, pero que aún faltaban unos kilómetros.

Fui yo

En una antigua comedia de cine, un programador torpe pero brillante es elegido para la primera misión tripulada a Marte. Tras cometer errores tontos constantemente, acostumbra a exclamar: «¡Yo no fui!». Cuando aterrizan en Marte, el programador resbala de la escalera y cae sobre la superficie del planeta, justo antes de que su compañero ponga el pie en ella. Las primeras palabras pronunciadas en Marte son: «¡Yo no fui!».

Gozo en Jesús

El tratamiento contra el cáncer de Nancy le provocó tantas úlceras en la boca y la garganta que ni siquiera podía tragar un trozo de pan. Durante muchos días dolorosos, tuvo que depender de la leche para llenar su estómago. Lo único que le sacaba una sonrisa era el gozo de conocer a Jesús… y sus nietos. Estar con ellos cada semana la ayudaba a no enfocarse en su situación. «Si no fuera por los niños, habría renunciado», dijo.

Actuar con integridad

Sin darse cuenta, Sara dejó caer su anillo de compromiso de diamantes en el vaso de un mendigo. Billy Ray, el que lo recibió, lo hizo tasar y consideró venderlo, pero decidió ser honesto y se lo devolvió cuando ella volvió unos días después. Sara y su esposo crearon un fondo para donaciones para ayudar a Ray, lo que generó en otros una oleada de generosidad. Ray recibió asesoramiento financiero y finalmente pudo comprar una casa. También se reencontró con su familia, a la que no veía desde hacía mucho.