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La verdad nunca cambia

Cuando mi hijo Xavier era pequeño, leímos juntos un cuento para niños sobre un muchachito que se rebeló contra su maestra al referirse a un bolígrafo con un nombre inventado. El alumno convenció a sus compañeros de quinto grado de usar ese nuevo nombre. La noticia sobre el reemplazo de nombre se extendió por todo el pueblo. Al final, todo el país cambió la manera de referirse a los bolígrafos, solo porque otros aceptaron como una verdad universal la realidad inventada por un niño.

Cómo nos ve Dios

Era 1968. Estados Unidos estaba atrapado en una guerra con Vietnam, la violencia racial estallaba en las ciudades y dos figuras públicas habían sido asesinadas. Un año antes, un incendio había acabado con la vida de tres astronautas en el despegue y la idea de ir a la luna parecía un sueño imposible. Sin embargo, la Apolo 8 se pudo lanzar unos días antes de Navidad.

A quién escuchamos

«Tengo que informar una emergencia. Mi piloto falleció», dijo nervioso Doug White a la torre de control. Minutos después de despegar, el piloto del avión privado que Doug había rentado murió de forma súbita. Doug entró en la cabina, con solo tres meses de entrenamiento para pilotar aviones menos sofisticados. Entonces, escuchó atentamente a los controladores de un aeropuerto local, que lo guiaron para aterrizar. Más tarde, dijo: «Salvaron a mi familia de una muy posible muerte atroz».

Jesús, nuestro Rescatador

Lo que comenzó como un trayecto normal en un teleférico en un valle paquistaní se volvió una experiencia terrible. Poco después de partir, dos cables se cortaron y ocho pasajeros quedaron suspendidos a varios metros del suelo. Eso desencadenó una ardua operación de rescate, en la que unos soldados usaron cables con arneses, helicópteros y otros elementos para rescatarlos.

Ánimo en Cristo

Una maestra sugirió a sus alumnos que escribieran notas de ánimo a sus compañeros. Días después, cuando hubo una tragedia escolar en otra parte del país, esas notas alentaron el espíritu de sus compañeros de escuela mientras enfrentaban el miedo y la angustia resultantes de algo que podría haberles sucedido a ellos también.

La fe de una abuela

Estábamos sentados a la mesa, cuando mi nieto de nueve años dijo sonriendo: «Soy igual a la abuela. ¡Me encanta leer!». Me alegró el corazón. Pensé en el año anterior, cuando él había estado enfermo y sin poder ir a la escuela. Después de que dormía una larga siesta, nos sentábamos uno al lado del otro a leer. Yo estaba feliz de transmitirle el legado del amor a los libros que yo había recibido de mi madre.

Amor tan fuerte como la muerte

Si caminaras por el antiguo muro de ladrillos entre los cementerios protestante y católico en Roermond, Países Bajos, descubrirías una vista curiosa. A cada lado, empotradas en la pared, se levantan dos lápidas idénticas: una de un esposo protestante y la otra de su esposa católica. Las reglas culturales durante el siglo xix requerían que fueran sepultados en cementerios separados. Pero ellos no aceptaron ese destino. Las inusuales lápidas son lo suficientemente altas como para superar la división, de modo que, en la parte superior, hay apenas 30 a 50 centímetros de separación. Arriba de cada lápida, están esculpidas unas manos extendidas asidas entre sí. La pareja se negó a ser separada, aun en la muerte.

La presencia protectora de Dios

Mis nietos miraban mi anuario de la escuela secundaria y se maravillaban de los cortes de cabello, la ropa fuera de moda y los autos «antiguos» en las fotos. Yo vi algo diferente: sonrisas de compañeros de hace tiempo, algunos todavía amigos. Pero, más que eso, vi el poder protector de Dios. Su presencia y su bondad me rodearon y cuidaron en una escuela donde luché para adaptarme; bondad que concede a todos los que lo buscan.

Lugar para Jesús

Me encantó pasar el fin de semana en Nueva Orleans: un desfile en el Barrio Francés, una visita al Museo de la Segunda Guerra Mundial y probar ostras a la parrilla. Pero, mientras me dormía en la habitación de huéspedes de mi amigo, extrañé a mi esposa e hijos. Disfruto predicar en otras ciudades, pero más disfruto estar en casa.

Dios responderá

Cuando el pastor Timothy lleva su cuello de predicador mientras viaja, desconocidos suelen detenerlo en el aeropuerto y decirle: «Por favor, ore por mí». Hace poco, en un vuelo, una mujer se arrodilló junto a su asiento y le rogó: «¿Es pastor? ¿Podría orar por mí?». Y él lo hizo.