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Adorar con preguntas


Es habitual que durante un viaje largo (¡o corto!), alguno del grupo pregunte: «¿Ya llegamos?» o «¿Falta mucho?». ¿Quién no ha escuchado estas preguntas universales hechas por niños o adultos ansiosos de llegar a su destino? Pero también hay personas de todas las edades que tienden a preguntar cosas similares cuando situaciones difíciles en la vida parecen no terminar nunca.


¿A qué no puedes renunciar?


«¿A qué cosa no puedes renunciar?», preguntó el presentador de radio. Los oyentes llamaban, dando respuestas interesantes. Algunos mencionaron a sus familias; incluso un esposo compartió recuerdos de su esposa fallecida. Otros dijeron que no podían renunciar a sus sueños, como ganarse la vida con la música o llegar a ser madre. Todos tenemos algo que atesoramos, que no podemos dejar: una persona, una pasión, un bien.


Compartir más que cosas


«¡Pero yo no quiero compartir!», gimió mi hijo menor, desconsolado de que tuviera que dar siquiera una de sus muchas piezas de LEGO. Revoleé los ojos ante su inmadurez, pero en realidad, esta actitud no se limita a los niños. ¿Cuántas cosas en mi vida —y en toda la experiencia humana— se caracterizan por una resistencia tenaz a compartir generosamente con los demás?


Una canción en la noche


La vida de mi padre se caracterizó por los anhelos. Anhelaba sanarse, aunque el Parkinson deterioraba cada vez más su mente y su cuerpo. Anhelaba paz, aunque lo atormentaba una profunda depresión. Anhelaba sentirse amado y cuidado, pero solía sentirse totalmente solo.


Fundamento firme de la esperanza


Las lecciones sobre la fe pueden provenir de lugares inesperados; como la que aprendí de mi perro labrador negro, Oso, de casi 50 kilos. El recipiente de metal para agua de Oso estaba ubicado en un rincón de la cocina. Cada vez que se vaciaba, no ladraba ni lo golpeaba con la pata. En cambio, se acostaba quieto al lado del bol y esperaba. A veces, tenía que esperar varios minutos, pero había aprendido a confiar en que yo entraría finalmente a la cocina, lo vería allí y le daría lo que necesitaba. Su sencilla fe en mí me recordó cuánto más precisaba confiar yo en Dios.


Crisis de los cangrejos de río


Mi primo me invitó a ir a pescar cangrejos de río, y acepté entusiasmada. Cuando me dio un balde de plástico, fruncí el ceño y dije: «¿Sin tapa?».


Jesús está justo detrás de ti


Mi hija estaba lista para ir a la escuela un poco antes de lo habitual, así que preguntó si podíamos parar en la cafetería, y estuve de acuerdo. Mientras nos acercábamos a la fila de autos para hacer el pedido, dije: «¿Tienes ganas de hacer que alguien se alegre esta mañana?». «Por supuesto», respondió.


Dimensiones infinitas


Acostada quieta sobre la camilla, mantenía la respiración mientras la máquina zumbaba. Sabía que muchas personas se habían hecho resonancias magnéticas, pero para mí, que soy claustrofóbica, la situación requería que me concentrara en algo —Alguien— mucho más grande que yo.


Nuestro Dios inclusivo


Nuestra iglesia se reúne en una vieja escuela primaria que cerró en 1958 en vez de obedecer una orden de una corte de Estados Unidos de integrar alumnos afroamericanos. Al año siguiente, la escuela volvió a abrir, y Elva —ahora miembro de nuestra iglesia— era una de aquellas estudiantes negras lanzadas al mundo de los blancos. Ella recuerda: «Fui sacada de la seguridad de mi comunidad, con maestros que eran parte de nuestra vida, y colocada en un entorno atemorizante donde solo había otro alumno negro». Sufrió porque era diferente, pero se convirtió en una mujer valiente, de fe y perdonadora.


¿Qué clase de Salvador es?


El año pasado, unos amigos y yo orábamos todos los días para que tres mujeres que batallaban contra el cáncer se sanaran. Sabíamos que Dios tenía poder para curarlas. Lo habíamos visto obrar en el pasado y estábamos convencidos de que podía hacerlo otra vez. En cada caso, hubo días en que parecía que sanarse era una realidad, y nos alegrábamos. Pero todas murieron ese otoño. Algunos dijeron que fue «la sanación definitiva»; y en cierto modo, lo fue. Aun así, lamentamos profundamente perderlas. Queríamos que Dios las sanara a todas —aquí y ahora—, pero por razones que no entendemos, no ocurrió ningún milagro.