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Articles by Xochitl Dixon

Mentiras y verdad

Puse mi Biblia en el púlpito y miré los rostros ansiosos que esperaban que comenzara el mensaje. Había orado y estaba preparada. ¿Por qué no podía hablar?

Legado de bondad

Marta fue asistente de una maestra en una escuela primaria durante más de 35 años. Cada año, ahorraba dinero para comprar abrigos, bufandas y guantes para los alumnos necesitados. Después de perder su lucha contra la leucemia, tuvimos un servicio de recordación. En lugar de flores, la gente donó cientos de abrigos nuevos para los estudiantes que ella amó y sirvió. Muchos compartieron historias de las innumerables formas en que Marta los había alentado con palabras amables y acciones bondadosas. Sus compañeros docentes la honraron con una campaña anual de abrigos durante tres años después de su paso a la eternidad. Su legado de bondad continúa inspirando a otros a servir con generosidad a los necesitados.

Esperar con esperanza

Rogelio fue nuestro mesero durante unas vacaciones. En una conversación, le atribuyó a Jesús haberlo bendecido con Kaly, una esposa compasiva y con una fe fuerte. Después de tener a su primer bebé, Dios les dio la oportunidad de ayudar a cuidar a su sobrina, que tenía síndrome de Down. Poco después, su suegra necesitó que la llevaran a vivir con ellos para cuidarla.

Dador secreto

Para Christopher, un veterano de guerra físicamente discapacitado, las actividades cotidianas se habían vuelto más difíciles, le llevaban más tiempo e incrementaban su dolor. Sin embargo, hacía todo lo posible para servir a su esposa e hijo. Los que pasaban lo veían empujar una máquina para cortar el césped todas las semanas.

Visión renovada

Después de una cirugía menor en mi ojo izquierdo, el doctor recomendó hacerme un examen de la visión. Confiadamente, me tapé un ojo y pude leer todo bien, pero al cubrir el otro, me sorprendí… ¿cómo no me di cuenta de que estaba tan ciega?

Trabajar juntos

José trabajaba más de doce horas al día. Comenzar una organización benéfica exigía tanto tiempo y energía que le quedaba poco para dedicar a su esposa y sus hijos cuando llegaba a su casa. Cuando el estrés crónico terminó enviándolo al hospital, un amigo se ofreció a organizar un equipo para ayudarlo. José accedió a confiar en su amigo —y en Dios— y delegó responsabilidades al grupo de personas que escogieron juntos. Un año más tarde, admitió que la organización y su familia jamás habrían podido prosperar si él hubiera rechazado la ayuda que Dios le había enviado.

Surfear las olas

Mientras mi esposo caminaba por la playa tomando fotos, me quedé sentada sobre una roca, preocupada por otra complicación médica. Aunque mis problemas me estarían esperando cuando regresara a casa, necesitaba paz en ese momento. Me quedé mirando las olas que rompían contra las rocas y me llamó la atención una sombra oscura en la curva de una ola. Con el zoom de mi cámara, identifiqué la forma de una tortuga marina que surfeaba las olas en paz. Tenía las aletas desplegadas y quietas. Con el rostro hacia la brisa salada, sonreí.

El chal púrpura

Mientras cuidaba a mi madre en un centro de tratamiento contra el cáncer a cientos de kilómetros de mi casa, pedí a la gente que orara por nosotras. Con el paso de los meses, el aislamiento y la soledad me dejaron sin fuerzas. ¿Cómo podía cuidar a mi mamá si caía en un agotamiento físico, mental y emocional?

Seguro y tranquilo

Mi hijo Xavier era un pequeño lleno de energía que no se quedaba quieto. Por la tarde, eso solía terminar en una indeseada pero muy necesaria siesta. Entonces, se contoneaba en su silla, se bajaba del sofá, gateaba por el piso de madera e incluso rodaba por todo el cuarto para evitar la quietud. «Mamá, tengo hambre… tengo sed… tengo que ir al baño… quiero un abrazo». Como yo sabía que le haría bien descansar, lo abrazaba; y reclinado junto a mí, se dormía.

Enciende la luz

Cuando mi esposo y yo nos preparábamos para mudarnos al otro extremo del país, queríamos asegurarnos de permanecer en contacto con nuestros hijos ya adultos. Encontré un regalo especial: lámparas que se conectan de forma inalámbrica por internet, que se pueden encender desde lejos. Cuando se las di a mis hijos, les expliqué que se encenderían cuando yo tocara la mía, para recordarles con esa luz que los amaba y oraba por ellos. Por más lejos que estuviera, la luz se encendería también. Aunque sabía que nada podía reemplazar nuestro tiempo juntos, nos alentaríamos al saber del amor y las oraciones cada vez que se encendieran.