«Llevar disimuladamente» el pecado
Winston sabe que no tiene que masticarlos. Entonces, adoptó una astuta estrategia. Nosotros la llamamos llevar disimuladamente. Si Winston ve un zapato abandonado y desprotegido, se mueve con indiferencia en esa dirección, lo toma y sigue caminando como si nada. Disimuladamente. Y si nadie lo nota, sale por la puerta. «Oye, mamá, Winston acaba de llevar disimuladamente tu zapato».
Hacer algo correcto
La carta de Jason, un preso, nos sorprendió. Mi esposa y yo criamos cachorros para que se conviertan en perros de asistencia. Una cachorra ya estaba lista para la segunda etapa de entrenamiento, que estaba a cargo de reclusos capacitados para esa tarea. Su carta expresaba cuánto lamentaba su pasado, pero agregaba: «Snickers es el decimoséptimo perro que entreno, y es el mejor. Cuando me mira, siento que finalmente estoy haciendo algo bien».
¿Cuál es mi propósito?
«Me sentía tan inútil —dijo Aroldo—. Viudo y jubilado, mis hijos ocupados con sus familias, pasando tardes en silencio y mirando la pared». A menudo, le había dicho a su hija: «Estoy viejo y tuve una vida plena. Ya no tengo ningún propósito. Dios puede llevarme cuando quiera».
Oración y transformación
En 1982, el pastor Christian Führer comenzó reuniones de oración en la iglesia St. Nicholas en Leipzig. Durante años, un grupo pequeño se reunió para pedirle paz a Dios en medio de la violencia mundial y el opresivo régimen de Alemania Oriental. Aunque las autoridades comunistas vigilaban de cerca a las iglesias, eso no les preocupó hasta que la asistencia aumentó, al punto de convertirse en reuniones masivas fuera del edificio. El 9 de octubre de 1989, 70.000 personas se reunieron y protestaron pacíficamente. Unos 6.000 policías estaban listos para actuar ante cualquier provocación, pero la multitud se mantuvo tranquila. Los historiadores consideran que ese día fue un punto de inflexión. Un mes más tarde, cayó el muro de Berlín. Todo comenzó con una reunión de oración.
Potenciado por la cotidianidad
Every Moment Holy [Cada momento es santo] es un hermoso libro de oraciones para una variedad de actividades, incluidas las comunes y corrientes como cocinar o lavar la ropa. Las tareas necesarias pueden parecer repetitivas o intrascendentes. El libro me recordó las palabras de G. K. Chesterton: «Uno da gracias antes de comer. Perfecto. Pero yo doy gracias antes de bosquejar, pintar, nadar, esgrimir, boxear, caminar, jugar, danzar, ates de sumergir la pluma en la tinta».
Aguas profundas
Cuando Bill Pinkney navegó solo alrededor del mundo en 1992, lo hizo con un gran propósito: inspirar y educar a los niños. Esto incluía a alumnos de su antigua escuela primaria en los barrios pobres de Chicago. El objetivo era mostrar lo lejos que podían llegar estudiando mucho y comprometiéndose con la tarea. De allí, el nombre de su barco: Commitment [Compromiso]. Cuando lleva a estudiantes a navegar, dice: «Al agarrar el timón, aprenden sobre el control, el dominio propio y el trabajo en equipo […]; principios básicos necesarios para triunfar en la vida».
Responsabilidad personal
Los ojos de mi amigo revelaron lo que yo sentía: ¡miedo! Nos habíamos portado mal y estábamos asustados frente al director del campamento. El hombre, que conocía bien a nuestros padres, nos dijo, con amor pero enfáticamente, que ellos se decepcionarían muchísimo. El peso de la responsabilidad personal por la ofensa hizo que quisiéramos meternos bajo la mesa.
¡Lávame!
«¡Lávame!». Aunque esta palabra no estaba escrita en mi auto, podría haber estado. Así que, salí hacia un lavadero, y lo mismo hicieron otros conductores que querían quitar la mugre que había quedado de los caminos con sal después de una tormenta de nieve reciente. Las filas eran largas y el servicio, lento. Pero valió la pena esperar: me fui con el auto limpio y, como compensación por el retraso, ¡el lavado fue gratis!
¿Quién merece la alabanza?
Desde la escalera en espiral hasta el inmenso baño, desde los pisos de madera hasta las afelpadas alfombras, desde el enorme lavadero hasta la oficina bien organizada, el agente inmobiliario le mostró la potencial casa a la joven pareja. Por donde miraran, elogiaban su belleza: «Ha escogido el mejor lugar para nosotros. ¡Esta casa es asombrosa!». Pero el agente dijo algo que consideraron inusual, aunque real: «Le transmitiré sus elogios al constructor. El que construyó la casa merece la alabanza; no la casa en sí ni el que la muestra».
De las tinieblas a la luz
Nada podía sacar a Aakash de su oscura depresión. Gravemente herido en un accidente, lo llevaron a un hospital misionero en el sudoeste de Asia. Le hicieron ocho operaciones para reparar las fracturas, pero no podía comer. Cayó en depresión. Su familia dependía de él para subsistir, y como no podía hacerlo, su mundo se volvió más oscuro.