El mensaje de los profetas
Antes del campeonato mundial de béisbol en 1906, el periodista deportivo Hugh Fullerton hizo una astuta predicción: los Chicago Cubs, que supuestamente ganarían, perderían el primer y tercer partido, y ganarían el segundo. Ah, y que en el cuarto, llovería. Y acertó todo. Luego, en 1919, su talento analítico le mostró que ciertos jugadores estaban perdiendo partidos intencionalmente. Sospechaba que habían sido sobornados por apostadores. La opinión pública lo ridiculizó. Pero de nuevo, tuvo razón.
Soltar
El dueño de la librería donde trabajaba Carlos había estado de vacaciones solo dos días, pero él ya sentía pánico. Todo funcionaba, pero estaba ansioso porque dudaba de poder supervisar bien la tienda. Frenéticamente, controlaba de forma excesiva todo lo que podía.
Recibir bien al extranjero
Cuando miles de mujeres y niños ucranianos llegaron a la estación de trenes de Berlín tras huir de la guerra, se sorprendieron al ver a familias que los recibían con carteles donde ofrecían hospedarlos en sus casas. Un cartel decía: «¡Puedo hospedar a dos personas!». Otro: «Habitación grande (disponible)». Al preguntarle por qué ofrecía hospitalidad a extranjeros, una mujer dijo que su madre había necesitado refugio cuando huyó de los nazis, y ella quería ayudar a otros que necesitaban lo mismo.
Guarda silencio
Después de acomodarme en la cámara, con mi cuerpo flotando cómodamente en el agua, el cuarto se oscureció y la música suave que sonaba de trasfondo se detuvo. Había leído que los tanques de aislamiento eran terapéuticos y aliviaban el estrés y la ansiedad. Pero esto no se parecía a nada que ya conociera. Sentí que el caos del mundo había desaparecido y que podía oír claramente mis pensamientos más íntimos. Me fui equilibrada y rejuvenecida, recordando que hay poder en el silencio.
¿Cuál sabiduría?
Justo antes de la Semana Santa de 2018, un terrorista entró en un mercado, mató a dos personas y tomó a una mujer de rehén. Cuando los intentos de liberarla fracasaron, un policía le ofreció al terrorista que liberara a la mujer y lo tomara a él en su lugar.
Promesa cumplida
Cuando era niña, todos los veranos viajábamos unos 320 kilómetros para disfrutar una semana con mis abuelos. Mucho después, tomé conciencia de cuánta sabiduría obtuve de esas dos personas que amaba. Sus experiencias de vida y su andar con Dios les habían dado perspectivas que mi mente infantil no podía siquiera imaginar. Conversar con ellos sobre la fidelidad de Dios me aseguró que Él es confiable y que cumple todas sus promesas.
Aceptando la guía
El aire olía a cuero y avena en el establo donde mi amiga Michelle le enseñaba a mi hija a cabalgar. El poni blanco abrió la boca mientras Michelle colocaba el freno detrás de sus dientes. Mientras extendía las riendas, explicó que el freno era importante porque permitía que el jinete frenara el caballo y lo hiciera girar hacia los costados.
El Dios de las sorpresas
El centro de convenciones se oscureció y miles de estudiantes universitarios inclinamos la cabeza mientras el orador nos guio en una oración de consagración. Cuando pidió que pasaran al frente los que se sintieran llamados a la obra misionera en el extranjero, vi que mi amiga Lynette se levantó, y sabía que estaba prometiendo servir en Filipinas. Pero yo no pasé. Viendo la necesidad en los Estados Unidos, quería compartir el amor de Dios en mi tierra natal. Pero una década después, formé mi hogar en Gran Bretaña, procurando servir a Dios entre las personas que Él me puso de vecinos. Mis ideas de cómo vivir mi vida cambiaron.
Actos de bondad
Meses después de perder a su bebé, Valeria decidió hacer una venta de garaje. Gerardo, un artesano vecino, compró ansioso la cuna que ella vendía. Mientras estaban allí, su esposa se enteró de la pérdida de Valeria. Cuando Gerardo se enteró de su situación, decidió usar la cuna para hacerle un recuerdo. Una semana después, emocionado, le regaló un hermoso banco. «Esta es la prueba de que todavía hay gente buena», dijo Valeria.
¡No soy nadie! ¿Quién eres tú?
En un poema que comienza diciendo: «¡No soy nadie! ¿Quién eres tú?», Emily Dickinson desafía en broma todo el esfuerzo que la gente tiende a hacer para ser «alguien», mientras defiende la alegre libertad del anonimato. Porque: «¡Qué terrible ser alguien! / ¡Cuán vulgar, como una rana, / repetir tu nombre todo el santo día / ante un charco que te admira!».