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Interrupción inesperada

Manuel llegaba tarde a la iglesia y estaba atascado en un semáforo en rojo. Mientras esperaba impaciente, su hija vio a una mujer varada que trataba de reparar un neumático. «Papá, tú eres bueno cambiando neumáticos —dijo—. ¿La vas a ayudar?». Manuel ahora iba a llegar muy tarde, pero sabía que eso era una asignación divina. Se detuvo para ayudar, e incluso invitó a la conductora a la iglesia.

Cazar las pequeñas zorras

«Son las zorras pequeñas las que destruyen la viña», solía decir mi abuela. Luego, mi mamá repetía lo mismo. Y ahora yo se lo digo a mis hijos. ¿Pero qué significa cuidarse de las «zorras pequeñas»?

Cristo, nuestra prioridad

«¿Podemos invitarlo a ser el orador principal en nuestra conferencia nacional de liderazgo de iglesias?», decía la invitación de la renombrada organización. Después de leerla, José respondió: «Por favor, permítanme orar primero». Más tarde, cuando rechazó el ofrecimiento, le dijo a un amigo: «Sabía que Dios me estaba llamando a un trabajo editorial en un proyecto misionero, y ese compromiso me quitaría tiempo y energía. Dije que no para poder hacer lo que Dios quiere que haga».

Reconocimiento a quien le corresponde

Cientos de invitados llenaban el salón dorado para celebrar el 50.° aniversario de una organización sin fines de lucro y honrar a quienes lo habían hecho posible; especialmente a los que habían participado durante décadas. Un miembro fundador compartió agradecido cómo, aunque hubo miles de horas de voluntariado, millones de dólares de donaciones y un gran esfuerzo humano, no habrían triunfado sin Dios, porque Él había provisto todo.

El Dios que rescata

Bajo los escarpados arrecifes de Brora, en Escocia, una oveja necesitaba que la rescataran. Atrapada en un valle rodeado de rocas empinadas por un lado y el vasto mar por el otro, había estado sola durante dos años. A pesar de varios intentos de rescatarla, nadie pudo, hasta que un granjero llamado Cammy Wilson y tres amigos lo lograron mediante una riesgosa misión de rescate. Usando un cabestrante y mucha valentía, descendieron casi 250 metros para sacarla de su aprieto.

Enredados

Las enredaderas de sandías habían invadido mi jardín. Cruzaron el sendero de piedra, treparon la cerca, y lo peor de todo, trataron de ahogar mis plantas de verduras favoritas. Sabía que la huerta no duraría si no hacía algo. Entonces, una tarde empecé a desenredar los zarcillos de los tallos y las hojas. Cuando volvían a crecer, seguía quitándolos, hasta que finalmente las plantas produjeron tomates regordetes y pimientos brillosos.

Enredados

Las enredaderas de sandías habían invadido mi jardín. Cruzaron el sendero de piedra, treparon la cerca, y lo peor de todo, trataron de ahogar mis plantas de verduras favoritas. Sabía que la huerta no duraría si no hacía algo. Entonces, una tarde empecé a desenredar los zarcillos de los tallos y las hojas. Cuando volvían a crecer, seguía quitándolos, hasta que finalmente las plantas produjeron tomates regordetes y pimientos brillosos.

Déjaselo a Dios

Desde su posición en lo alto del muro de escalada, Sara podía sentir que su pánico aumentaba a medida que sus debilitados dedos empezaban a soltarse de las manijas. ¿Me golpearé muy fuerte contra el suelo?, se preguntaba.

Firmes en la voluntad de Dios

La película El puente sobre el río Kwai fue tan popular que multitudes fueron a Kanchanaburi, en Tailandia, para buscar el puente de hierro real. Encontraron el puente, pero no estaba sobre el Kwai… ¡la película tenía el nombre equivocado del río! Pero poco después, a esa parte del río Mae Klong la llamaron Kwae Yai (Kwai), para que coincidiera con las expectativas.

Y Dios envió… ¿polillas?

«¡Puaaaajjj! —gritó mi hija—. ¡Papáaaaaa! ¡Ven!».