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Amor perdurable

«¡Te amo!», exclamó mi papá cuando cerré la puerta del auto y entré a la escuela. Estaba en sexto grado, y durante meses, casi la misma escena se había repetido todas las mañanas. Cuando llegábamos, Papá decía: «¡Que tengas un hermoso día! ¡Te amo!», y lo único que yo le contestaba era: «Adiós». No era por enojo ni desprecio; simplemente, estaba tan envuelta en mis cosas que no le prestaba atención. Sin embargo, su amor perduraba inalterable.

Hogar

Hace poco, Patsy, una amiga que se ganaba la vida vendiendo casas, murió de cáncer. Mientras hablábamos de ella, mi esposa recordó que años antes, Patsy había guiado a un hombre a Cristo, y que él se había hecho muy amigo de nosotros.

La mano escondida de Dios

Un amigo mío fue adoptado por una pareja norteamericana que salió a la obra misionera en Ghana. Cuando volvieron a Estados Unidos, él empezó la universidad, pero tuvo que abandonarla. Luego, se alistó en el ejército, lo cual lo ayudó a pagar sus estudios y lo llevó por todo el mundo. Dios estaba obrando en todo eso, preparándolo para un rol especial. Actualmente, escribe y edita literatura cristiana para una audiencia internacional.

Navidad solitaria

La Navidad más solitaria que pasé en mi vida fue en la cabaña de mi abuelo cerca de Sakogu, en el norte de Ghana. Tenía solo 15 años, y mis padres y mis hermanos estaban a miles de kilómetros de distancia. Otros años, estando con ellos y mis amigos de la aldea, Navidad había sido siempre algo grande y memorable. Pero esa vez, fue silenciosa y solitaria. Aquella mañana, acostado sobre mi tapete en el suelo, recordé una canción típica: El año ha terminado; la Navidad ha llegado; el Hijo de Dios ha nacido; paz y gozo nos ha traído. Con tristeza, la cantaba una y otra vez.

Una mano que levanta

Mis hijos tuvieron la oportunidad de disfrutar de una pista de patinaje sobre hielo en el patio trasero de nuestra casa durante los fríos inviernos de Idaho, en Estados Unidos. Cuando eran niños, era un desafío persuadirlos a pararse sobre el hielo duro y frío porque sabían cómo dolía al caerse. Cada vez que trastabillaban, mi esposo y yo corríamos para ayudarlos a enderezarse y afirmarse sobre los patines.

Preguntas en Navidad

Mucho antes de que el calendario se cambie a diciembre, la alegría de la Navidad empieza a despertar en nuestra ciudad. Un consultorio médico envuelve las ramas de sus árboles con luces de colores, lo cual resulta en un panorama nocturno espectacular. Otro negocio decora su edificio para que parezca un enorme y extravagante paquete de regalo de Navidad. Es difícil mirar y no ver evidencias de espíritu navideño, o al menos, de publicidades de productos estacionales.

¡Gracias por ser como eres!

Cuando era cuidadora residente de mi madre en un centro oncológico, conocí a Lori, otra asistente que vivía al final del pasillo con su esposo. Charlaba, me reía, me desahogaba, lloraba y oraba con ella en las áreas para actividades compartidas. Nos encantaba alentarnos mutuamente mientras cuidábamos a nuestros seres amados.

Un lugar seguro

Mis hermanos y yo crecimos en una zona de colinas boscosas que ofrecían un paisaje fértil para nuestra imaginación. Ya sea que nos balanceáramos de las ramas —como Tarzán— o que construyéramos casa en los árboles —como la Familia Robinson—, representábamos las escenas de las historias que leíamos o de las películas que mirábamos. Lo que más nos gustaba era construir fuertes y simular que estábamos a salvo de ataques. Años después, mis hijos construían fuertes con mantas, sábanas y almohadas: su propio «lugar seguro» contra enemigos imaginarios. Parece casi instintivo querer un lugar donde resguardarse y sentirse seguro.

Dios oye

Diana escuchaba mientras otros pedían oración por familiares y amigos que enfrentaban dificultades o enfermedad. Aunque tenía un pariente que luchaba contra una adicción hacía años, mantuvo su petición en silencio, ya que no podía soportar ver la reacción de los demás ni oír preguntas y consejos que solían surgir cada vez que decía algo. Sentía que era mejor mantener guardado este tipo de petición. Había quienes, simplemente, no entendían cómo su ser querido podía ser creyente en Cristo y, aun así, tener esa lucha diaria.

Honrar a Dios con acción de gracias

La doctora no se mostraba preocupada, a pesar de estar hablando con mi esposo a quien acababan de diagnosticarle cáncer. Sonriendo, le sugirió que comenzara cada día dando gracias «por al menos tres cosas». Él estuvo de acuerdo, ya que sabía que la gratitud abre el corazón para hallar ánimo en la bondad de Dios. Por eso, Dan empieza cada día con palabras de alabanza: Gracias, Dios, por el descanso de la noche. Por mi cama limpia. Por el sol. Por el desayuno en la mesa. Por una sonrisa en mis labios.