Ser humano
«Señor Singerman, ¿por qué llora?», preguntó el joven aprendiz mientras observaba a su maestro que elaboraba una caja de madera.
Nunca solo
«Puede ser una aflicción más desgarradora que el hambre, una enfermedad o la falta de un techo», escribió Maggie Fergusson en una revista. ¿El tema? La soledad. Con ejemplos conmovedores de cómo afecta la soledad, describía el aumento de este sentir que no discrimina estatus social ni económico.
Enciende la luz
Cuando mi esposo y yo nos preparábamos para mudarnos al otro extremo del país, queríamos asegurarnos de permanecer en contacto con nuestros hijos ya adultos. Encontré un regalo especial: lámparas que se conectan de forma inalámbrica por internet, que se pueden encender desde lejos. Cuando se las di a mis hijos, les expliqué que se encenderían cuando yo tocara la mía, para recordarles con esa luz que los amaba y oraba por ellos. Por más lejos que estuviera, la luz se encendería también. Aunque sabía que nada podía reemplazar nuestro tiempo juntos, nos alentaríamos al saber del amor y las oraciones cada vez que se encendieran.
Como Jesús
Cuando era niño, el teólogo Bruce Ware estaba frustrado de que 1 Pedro 2:21-23 nos llamara a ser como Jesús. En su libro El Hombre Cristo Jesús, escribió sobre su exasperación juvenil: «No es justo, decidí. En especial cuando el pasaje dice que sigamos las pisadas de uno que “no hizo pecado”. Era totalmente disparatado […]. No podía entender que Dios pretendiera que lo tomáramos en serio».
Promesas inimaginables
En nuestros mayores fracasos, puede ser fácil creer que es demasiado tarde para nosotros; que hemos perdido la última oportunidad de tener una vida digna y con propósito. Así describió su sentir Elías, un exprisionero de una cárcel de máxima seguridad: «Había roto […] promesas; la promesa de mi propio futuro, la de lo que podía llegar a ser».
Fortalecido por la gracia
Durante la Guerra Civil Norteamericana, la pena por desertar era la muerte. Pero los ejércitos de la Unión raras veces ejecutaban a alguien, porque su comandante en jefe, Abraham Lincoln, perdonaba a casi todos. Esto enfurecía al Secretario de Guerra, quien creía que eso solo incentivaba la deserción. Pero Lincoln empatizaba con los soldados que cedían ante el miedo en el fragor de la batalla. Y sus soldados lo veneraban por esa empatía. Amaban a su «Padre Abraham», y querían servirlo más y mejor.
No somos Dios
En Mero cristianismo, C. S. Lewis recomendó hacernos algunas preguntas para averiguar si somos orgullosos: «¿Cuánto me disgusta que los demás me desdeñen, que no me tomen en cuenta, […] se crean superiores a mí o alardeen?». Lewis consideraba que el orgullo era un vicio de «suprema maldad» y la principal causa de desgracia en los hogares y las naciones. Lo llamó un «cáncer espiritual» que devora la posibilidad de tener amor, satisfacción e, incluso, sentido común.
Acuérdate de cantar
Nancy Gustafson, una cantante de ópera retirada, quedó devastada cuando visitó a su madre y la vio deteriorarse por demencia senil. Apenas la conocía y casi no hablaba. Después de visitarla varias veces, Nancy tuvo una idea: comenzó a cantarle. Los ojos de su madre se encendieron y empezó a cantar también… ¡durante 20 minutos! Luego, sonriendo y en broma, la mamá le dijo que eran «¡La familia de cantantes Gustafson!». Algunos terapistas sostienen que la música —y los «himnos tradicionales»— tiene poder para evocar recuerdos perdidos, levantar el ánimo, reducir caídas y disminuir la necesidad de sedantes.
Soluciones desesperadas
A finales del siglo xvii, Guillermo de Orange inundó intencionalmente gran parte de su nación. El monarca holandés recurrió a tan drástica medida en un intento de expulsar a los invasores españoles. No funcionó, y una vasta franja de excelentes tierras se perdió en el mar. Suele decirse: «Momentos desesperantes atraen medidas desesperadas».
Pensar distinto
Un verano, durante la universidad, pasé bastante tiempo en Venezuela. La comida era espectacular; la gente, encantadora; y el clima y la hospitalidad, maravillosos. Sin embargo, a los dos días, me di cuenta de que mis nuevos amigos no administraban el tiempo como yo. Si planeábamos almorzar a las 12, eso significaba entre las 12 y la 1 de la tarde. Lo mismo para las reuniones o los viajes: los horarios eran aproximados, sin puntualidad. Descubrí que mi idea de «estar a horario» era una cuestión netamente cultural.