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En sus manos

William Shatner protagonizó al capitán Kirk en la serie de televisión Star Trek, pero no estaba preparado para un viaje verdadero al espacio. Llamó a su vuelo suborbital de once minutos «la experiencia más profunda que pude imaginar». Salió de su nave y dijo maravillado: «Ver el color azul pasando a tu lado, y estar viendo luego la oscuridad… eso impacta». Y agregó: «Miras hacia abajo y está azul, y hacia arriba y está negro […]. La belleza de ese color es tan breve, y en un instante, ya pasó».

El significado de la vida

Un cuento corto del escritor argentino Jorge Luis Borges narra sobre un militar romano, Marco Rufo, que bebe de un «río secreto que purifica de la muerte a los hombres». No obstante, con el tiempo, se da cuenta de que la inmortalidad no era todo lo que se suponía: la vida sin límite era una vida sin significado. En realidad, es la muerte lo que da significado a la vida. Marco descubre un antídoto: un río de agua clara. Después de beber de ella, una espina lacera su mano y se forma una gota de sangre, dándole a entender la restauración de su mortalidad.

Oí las campanas

«Oí las campanas en Navidad», basado en un poema de Henry W. Longfellow, es un villancico inusual. En lugar del gozo de la esperada Navidad, la letra es un lamento que clama: «Y desesperado incliné mi cabeza / No hay paz en la tierra, dije. / Porque el odio es fuerte y se burla de la canción / de en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres». Sin embargo, este lamento se convierte en esperanza, asegurándonos que «Dios no está muerto ni dormido. / El mal fracasará, el bien prevalecerá / con paz en la tierra, buena voluntad para con los hombres» (trad. lit.).

Adherirse a lo bueno

Cuando estacionamos el auto en un campo abierto y lo cruzamos caminando para llegar a nuestra casa, casi siempre se nos pegan abrojos en la ropa; en especial, en otoño. Estos pequeños «viajeros», se adhieren a la ropa, los zapatos o cualquier cosa que pase, y viajan al próximo destino. Es la forma en que la naturaleza dispersa las semillas en mi campo y en todo el mundo.

Correr hacia nuestro Refugio

El partido de básquet de sexto grado ya había comenzado. Padres y abuelos alentaban a sus jugadores, mientras los hermanitos se entretenían en los pasillos de la escuela. De repente, sonaron las sirenas del estadio. Se había encendido la alarma de incendios. De inmediato, los niños entraron corriendo al gimnasio llenos de pánico, buscando a sus padres.

Alivia la carga

Cuando las mujeres de nuestro nuevo grupo de estudio bíblico enfrentaron una serie de tragedias, de pronto nos encontramos compartiendo experiencias personales profundas. La pérdida de un padre, el dolor de un aniversario de bodas después del divorcio, el nacimiento de un hijo sordo, llevar corriendo a un hijo a una sala de guardia… todas experiencias demasiado pesadas para enfrentar solas. La vulnerabilidad de cada una llevó a más transparencia. Lloramos y oramos juntas, y lo que comenzó como un grupo de desconocidas se convirtió en un conjunto de amigas cercanas.

Aliento de comida rápida

María llevó su almuerzo de comida rápida a una mesa vacía. Cuando mordió su hamburguesa, sus ojos se cruzaron con los de un joven sentado a otra mesa a lo lejos. Tenía la ropa manchada, el pelo desaliñado y un vaso de papel vacío. Era evidente que tenía hambre. ¿Cómo podía ayudarlo? Darle dinero en efectivo no parecía sensato. Si le compraba comida y se la daba, ¿se sentiría avergonzado?

Dios nos persigue

Hace unos años, un hombre caminaba una cuadra delante de mí, con los brazos llenos de paquetes. De pronto, tropezó y se le cayó todo. Una pareja lo ayudó a pararse y a juntar las cosas. Pero dejaron algo: su billetera. La levanté y corrí, siguiendo al desconocido y esperando devolverle ese importante artículo. Grité: «¡Señor, señor!», hasta que capté su atención. Se dio vuelta justo cuando lo alcanzaba. Nunca olvidaré su expresión de sorpresa, alivio e inmensa gratitud cuando le di la billetera.

Grandes expectativas

Un ajetreado día antes de Navidad, una anciana se acercó al mostrador en la concurrida oficina de correo de mi vecindario. Observando su paso lento, el paciente empleado la saludó, diciendo: «¡Hola, jovencita!». Sus palabras eran amistosas, aunque algunos pudieron haber pensado que sonaban irónicas.

Dependencia diaria

Una mañana, nuestros hijos más pequeños decidieron levantarse temprano y prepararse el desayuno. Ese sábado, cansados tras una semana agotadora, mi esposa y yo estábamos tratando de dormir hasta, al menos, las siete de la mañana. De repente, ¡oí un ruido tremendo! Salté de la cama, bajé la escalera corriendo y encontré un bol roto, cereales por todo el piso y a Jonás —nuestro hijo de cinco años— tratando desesperadamente de barrer (más bien embadurnar) el pegajoso caos. Mis hijos tenían hambre, pero decidieron no pedir ayuda. Prefirieron la independencia a la dependencia, y el resultado no fue, claramente, una delicia culinaria.