Razón para cantar
Cuando yo tenía trece años, mi escuela exigió que se tomaran cuatro cursos exploratorios: economía del hogar, arte, coro y artesanía en madera. El primer día de coro, la profesora hizo pasar a cada alumno al lado del piano para escuchar su voz y ubicarlo según su registro vocal. Cuando llegó mi turno, canté las notas que ella tocó varias veces, pero no me ubicó en ningún lado; me dijo que fuera a la oficina de consejería, para que optara por otra clase. Desde ese momento, sentí que no debía cantar más.
En nuestras tormentas
El viento rugía, los relámpagos encandilaban, las olas golpeaban. Pensé que moriría. Mis abuelos y yo estábamos pescando en un lago, pero nos habíamos quedado demasiado tiempo. Cuando el sol se puso, una rápida borrasca se desató sobre nuestro pequeño bote. Mi abuelo me dijo que me sentara en la popa, para no darnos vuelta. En ese momento, no sé cómo, empecé a orar, aterrorizado. Tenía catorce años.
Cuando uno sufre, todos sufren
Cuando un compañero de trabajo avisó que no vendría debido a un dolor terrible, todos nos preocupamos. Después de ir al hospital y de un día de reposo, volvió a trabajar y nos mostró la causa del dolor: un cálculo en el riñón. Le pidió al médico que le diera la piedra como souvenir. Al mirarla, sonreí con empatía, recordando el cálculo en la vesícula que yo había tenido hacía años. El dolor había sido insoportable.
Fe, amor y esperanza
Mi tía Kathy cuidó a su padre (mi abuelo) en su casa durante diez años. Cocinó y limpió para él mientras él se manejaba solo, y cumplió el papel de una enfermera cuando su salud se deterioró.
¿Hasta cuándo?
En el clásico de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, Alicia pregunta: «¿Cuánto es para siempre?», a lo que el Conejo Blanco responde: «A veces, es solo un segundo».
Solo con oración
Mi amiga me llamó una noche, tarde, durante su tratamiento contra el cáncer. Angustiada por su llanto descontrolado, pronto sumé mis propias lágrimas y una oración silenciosa: Señor, ¿qué puedo hacer?
Dejar un legado
Hace unos años, mi hijo y yo pasamos una semana en una estancia abandonada junto al río Salmon, el «Río sin retorno», en Idaho, Estados Unidos.
Fortaleza en el sufrimiento
Cuando Sammy, de dieciocho años, recibió a Jesús como Salvador, su familia, de una fe diferente, lo rechazó. Pero otra comunidad cristiana lo recibió, alentándolo y financiando sus estudios. Posteriormente, cuando su testimonio se publicó en una revista, la persecución fue mayor.
Juego limpio
Cuando el corredor de Singapur, Ashley Liew, se encontró a la cabeza del pelotón durante una maratón en los Juegos del Sudoeste Asiático, supo que algo andaba mal. De inmediato, se dio cuenta de que los corredores de adelante habían tomado una curva equivocada, y ahora venían detrás. Ashley podría haber sacado ventaja de ese error, pero una fuerte sensación de integridad deportiva le dijo que no sería una victoria genuina. Él quería ganar por ser el más rápido, no porque los otros se habían equivocado. Fiel a sus convicciones, redujo la velocidad para permitir que lo pasaran.
Consuelo compartido
«¡Dios le envió esta noche!»