Una elección
Unas semanas después de la muerte de una querida amiga, hablé con su mamá. No sabía si preguntarle cómo estaba porque pensé que era una pregunta inapropiada; estaría desconsolada. Pero dejé de lado mi reserva y simplemente le pregunté cómo lo iba sobrellevando. Su respuesta: «Mira, decidí tener gozo».
¿Qué podría ser mejor?
Edu oyó del amor de Jesús por él a los veintitantos años. Comenzó a asistir a una iglesia donde conoció a alguien que lo ayudó a conocer mejor a Cristo. Poco después, su mentor le asignó enseñar a un pequeño grupo de chicos. Con los años, Dios puso en su corazón ayudar a jóvenes en situación de riesgo en su ciudad, visitar a ancianos y mostrar hospitalidad a otros; todo para la honra de Dios. Ahora, con casi 60 años, explica cuán agradecido está de que le enseñaran temprano a servir: «Mi corazón rebosa por compartir la esperanza que hallé en Jesús. ¿Qué podría ser mejor que servirle?».
Preparados para irnos
Durante la pandemia de coronavirus, muchos perdieron a seres queridos. El 27 de noviembre de 2020, nuestra familia se unió a ese grupo cuando Bee Crowder, mi mamá de 95 años, murió; aunque no de COVID-19. Como tantas otras familias, no pudimos reunirnos para despedirla, honrar su vida o alentarnos unos a otros. Pero encontramos gran consuelo en su insistencia en que, si Dios la llamaba al cielo, estaba preparada y ansiosa de ir. Esta esperanza segura fue su manera de enfrentar la muerte.
Encontrando vida
Era natural que David asistiera a una universidad cristiana y estudiara la Biblia. Había estado rodeado toda su vida de personas que conocían a Jesús; en casa, en la escuela y en la iglesia. Incluso, estaba enfocándose hacia una carrera de «ministerio cristiano».
¡Puedo verte!
La oftalmóloga ayudó a Andrés, de tres años de edad, a ponerse sus primeras gafas. «Mira al espejo», dijo. Andrés se vio reflejado y miró a su padre con una sonrisa alegre y tierna. Después, el padre secó las lágrimas que caían por las mejillas de su hijo, y preguntó: «¿Qué pasa?». Andrés abrazó el cuello de su padre y dijo: «Te puedo ver». Levantó la cabeza y miró fijo los ojos de su padre: «¡Te puedo ver!».
La obra maestra interior
En un artículo para The Atlantic, el escritor Arthur C. Brooks relata su visita al Museo National Palace, en Taiwán, que tiene una de las colecciones de arte chino más grandes del mundo. El guía del museo preguntó: «¿En qué piensan cuando les pido que imaginen una obra de arte que todavía no comenzó?». Brooks dijo: «Una tela en blanco, supongo». El guía respondió: «Hay otra manera de verlo: el arte ya existe; la tarea del artista es simplemente revelarlo».
Diseño elegante
Un equipo de investigación creó un dron con alas que imita los movimientos del vencejo. Esta ave puede volar a 150 kilómetros por hora, y planear, descender en caída libre y detenerse rápidamente. Sin embargo, el dron es aún inferior al ave. Un investigador dijo que las aves «tienen múltiples músculos que les permiten volar rápido, doblar las alas, extender las plumas y ahorrar energía». Admitió que los esfuerzos de su equipo podían replicar apenas «un 10 % del vuelo biológico».
Los menos probables
Hollywood nos muestra espías extraordinarios y apuestos que conducen lujosos autos deportivos, pero Jonna Mendez, una exjefe de la CIA, pinta una imagen opuesta. Un agente debe ser «el muchachito gris», dice ella. Alguien anodino, que no sobresalga, del que nadie se acuerde. Los mejores son aquellos menos probables que parezcan agentes.
El corazón del dador
Cuando nos íbamos de Wisconsin, mi amiga trajo a su hija Kinslee, de cuatro años, para despedirse. «No quiero que se vayan», dijo. La abracé y le regalé un abanico pintado a mano, de mi colección. «Cuando me extrañes, usa este abanico y recuerda que te amo». Ella preguntó si podía quedarse con otro: uno de papel. «Ese está roto —dije—. Quiero que tengas el mejor». No lamenté darle el mejor porque verla feliz me hacía feliz a mí. Más tarde, Kinslee le dijo a su mamá que estaba triste porque me había quedado con el roto, y me enviaron uno flamante y hermoso. Después de dar con generosidad, la pequeña se sintió feliz de nuevo. Y yo también.
Cuida tu huerta
¡Estaba tan entusiasmada con la huerta en nuestro patio trasero! Pero luego, empecé a ver pequeños agujeros en la tierra. Antes de madurar, nuestra primera fruta desapareció misteriosamente. Un día, quedé consternada al descubrir que nuestra planta más grande de fresas había sido arrancada de raíz por un conejo, y quemada por el sol. ¡Cuánto deseé haber prestado más atención a las señales de advertencia!