Soy bueno
Cuando alguien nos comenta sobre algún logro personal, es común responder: ¡Qué bueno! Cuando contestamos así, podría pensarse que uno se está refiriendo o a lo beneficioso del hecho en sí o al carácter de la persona con quien hablamos. He respondido de este modo más veces de las que puedo enumerar, pero, últimamente, la frase ha empezado a molestarme. La razón es que, nos demos cuenta o no, estamos expresando algo específico cuando usamos la palabra bueno.
¿Puedo confiar en ti?
Según los expertos en detección de mentiras, «nuestra tendencia natural es confiar en la gente». Sin embargo, no todas las personas son confiables todo el tiempo. Algunas señales de que alguien podría estar mintiendo son nerviosismo, falta de contacto ocular y notorias pausas al expresarse. Aun con estas pistas, los expertos advierten de que sigue siendo difícil distinguir entre los mentirosos y las personas sinceras.
Un hombre cariñoso y sabio
Cuando el Dr. Vernon Grounds, ex rector y consejero del Seminario Denver, partió para estar con el Señor a los 96 años de edad, sus antiguos alumnos, colegas y amigos enviaron innumerables recordatorios y homenajes. Casi todos se acordaban de una ocasión cuando el Dr. Grounds los había animado personalmente mediante sus enseñanzas, consejos o, tan solo, su cálida sonrisa. Él creía en la importancia de capacitar a pastores, maestros y consejeros que tenían una relación vital con Cristo y disposición para servir a los demás.
De otra clase
En la trilogía de la Guerra de las galaxias hay una escena que me recuerda a algunas personas de la iglesia. En un establecimiento de algún rincón remoto de la galaxia, unas criaturas de aspecto grotesco comparten música y comida. Cuando Lucas Skywalker entra con sus dos droides, C3PO y R2D2 (que son más «normales» que los otros), sorprendentemente lo rechazan con un cortante desplante: «¡Aquí no atendemos seres de esa clase!».
Juicio al diablo
El diablo y Daniel Webster es un cuento corto de Stephen Vincent Benet. En él, Jabez Stone, un granjero de Nueva Inglaterra, tiene tanta «mala suerte» que le vende su alma al diablo para volverse próspero. A la larga, el diablo aparece para cobrarle la deuda a Jabez, pero llaman al eminente abogado Daniel Webster para que lo defienda. Mediante una habilidosa serie de argumentos, Webster gana el caso contra el diablo y Jabez se salva de la perdición.
Vigorosos y verdes
En el Salmo 92, el poeta comienza con un elogio a la alabanza: «Bueno es alabarte, oh Señor». ¿Bueno para qué? Bueno para ti y para mí. A nuestra alma le hace inmensamente bien alejarse de la ansiedad mental y llenar las jornadas con alabanza expresada en oración; recibir cada mañana elevando cánticos de gratitud, porque nos colma de alegría. Nos saca de la angustia y reemplaza nuestra tristeza con cánticos de gozo ante «las obras de [sus] manos» (v. 4). ¿Y cuál es esa obra? ¡La que el Señor está haciendo en nosotros!
Se necesita ayuda
Durante la Segunda Guerra Mundial, las islas británicas representaban la última línea de resistencia contra el avance de la opresión nazi en Europa. No obstante, bajo un incesante ataque y en peligro de caer, Gran Bretaña carecía de los recursos para triunfar en el conflicto. Por esa razón, el Primer Ministro británico Winston Churchill habló por la emisora de radio BBC y apeló al mundo, diciendo: «Dennos las herramientas y nosotros concluiremos la tarea». Sabía que sin la ayuda del exterior, no podrían soportar el ataque que estaban enfrentando.
Un muchacho común y corriente
Esteban era solo un muchacho común y corriente. Servía silenciosamente en una iglesia a la que yo asistía hace años. Ayudaba a preparar los elementos para la Cena del Señor, barría la nieve de las aceras de la iglesia en el invierno y cortaba el césped en el verano. Pasaba tiempo con los varones adolescentes que vivían solo son sus madres. Solía escucharlo cuando le contaba a la gente de la iglesia lo bueno que el Señor era con él. Durante la reunión de oración, no hablaba mucho de sí mismo, sino que nos pedía que oráramos por aquellos a quienes les hablaba del amor y del perdón de Jesús.
¿Remolón?
Mientras estudiábamos el libro de Proverbios en mi grupo pequeño de estudio bíblico, nuestro líder sugirió que cambiáramos la descripción de una persona ociosa y usáramos el término remolón en vez de perezoso (6:6, 9). Ah, entonces sí había empezado a hablar mi idioma. De inmediato, comencé a pensar en todas las personas que considero remolonas.
Remedio para el miedo
En su discurso inaugural, en 1933, Franklin D. Roosevelt, el recién elegido presidente de los Estados Unidos, se dirigió a la nación que aún no se había recuperado de la Gran Depresión. Esperando despertar una perspectiva más optimista en cuanto a la crisis económica, declaró: «¡A lo único que tenemos que tenerle miedo es al miedo!».