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Permanecer firme

Mientras esperaba para girar a la derecha en un cruce muy transitado, apareció una ambulancia en la cima de una colina, a toda velocidad y en la misma dirección que yo. Alguien tocó la bocina desde atrás para que yo avanzara. Sabía que la ambulancia no se detendría y que, si giraba, podría ocurrir un desastre. Así que, mantuve el pie en el freno y me quedé donde estaba.

Marcar una diferencia

La historia de Elizabet era, cuanto menos, conmovedora. Después de una experiencia terriblemente humillante, tomó un autobús para irse de la ciudad y huir de la vergüenza. Llorando desconsoladamente, casi ni se dio cuenta de que el autobús había parado en el camino. Un pasajero que iba sentado detrás de ella, totalmente desconocido, estaba a punto de bajar, pero, de repente, se detuvo, se dio la vuelta y caminó hacia donde estaba Elizabet. Vio que lloraba, le dio su Biblia y le dijo que creía que la necesitaba. Tenía razón. Pero ella no solo necesitaba la Biblia, sino también al Cristo de quien ese libro hablaba. Elizabet recibió al Señor por este sencillo acto compasivo de un extraño que le regaló algo.

Desde lejos

Una canción popular de hace años titulada From a Distance [Desde lejos] prevé un mundo de armonía y paz. Dice: «Dios nos observa desde lejos». Es verdad, Dios nos observa, pero no lo hace desde lejos, sino que está allí en tu habitación, enfrente de ti, mirándote fijamente con un amor ilimitado en sus ojos.

Titanic II

Mark Wilkinson compró un bote de casi 5 metros (16 pies) para pescar y pasear. Al parecer, no era supersticioso, porque lo llamó Titanic II, como el nefasto barco de lujo que chocó contra un iceberg y se hundió en 1912. El viaje inaugural del Titanic II desde un puerto en Dorset, Inglaterra, fue exitoso. Sin embargo, cuando Wilkinson quiso regresar, empezó a entrarle agua. Poco después, estaba sosteniéndose de una tabla, esperando que lo rescataran. Según se informa, declaró: «Me avergüenza un poco. Además, estaba bastante cansado de que me preguntaran si había chocado contra un iceberg». Un testigo ocular dijo después: «No era una embarcación muy grande… ¡me parece que un cubito de hielo podría haberla hundido!».

¿Ella también?

Supón que miras tu árbol genealógico y encuentras la siguiente descripción de uno de tus antepasados: «Prostituta, escondió en su casa a enemigos del gobierno. Cuando las autoridades la confrontaron por este asunto, mintió».

Un atisbo de la gloria

Todos los veranos, miles de televidentes del programa Good Morning America [Buenos Días, Estados Unidos] votan para elegir el mejor lugar del país. Me encantó cuando anunciaron que el ganador de 2011 era un lugar del estado donde vivo. Debo reconocer que no esperaba que el sitio premiado estuviera prácticamente en el fondo de mi casa. Me recordó cuando mi esposa Martie y yo visitamos las Cataratas del Niágara. Un hombre que estaba por ahí se dio cuenta de que éramos turistas y bromeó, diciendo: «No tienen nada de raro. Las veo todos los días».

Elocuente, pero humilde

Admiro las personas que pueden comunicar sus creencias y persuadir a los demás con su retórica. Algunos lo llaman «labia» o «tener verso». Otros lo denominan «elocuencia».

Amor confiable

Quizá la declaración más triste que alguien pueda oír es esta: «No te amo más». Estas palabras ponen fin a relaciones, rompen corazones y destruyen sueños. A menudo, los que han sido traicionados se protegen de futuros dolores decidiendo no volver a confiar en el amor de nadie. Esta convicción puede incluir también el amor de Dios.

Dar gracias

Durante el invierno, en Lansing, Michigan, no tenemos muchos días soleados, pero el año pasado, Dios nos bendijo con una de esas jornadas hermosas. Sin embargo, parecía que casi todos estaban dándole gracias al Señor, excepto yo. Cuando salí de la oficina, un hombre dijo: «Qué día hermoso tenemos. ¡Es un regalo de Dios!». Ante lo cual respondí: «Sí, pero vamos a tener nieve para el fin de semana». ¡Qué ingrato!

Día de cosecha

Una tarde de otoño, conducía mi automóvil junto a un campo donde un granjero había estacionado al costado del camino unas máquinas enormes. Un cartel amarillo advertía: «Cosecha en proceso». Al echar un vistazo hacia el campo, supe de inmediato qué había plantado el granjero unos meses antes: pequeñas semillas de trigo. Me di cuenta porque estaba preparándose para recorrer con sus cosechadoras aquella superficie cubierta de espigas maduras.