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Épocas de altibajos

Casi todos coincidiríamos en que la vida tiene altibajos. El sabio rey Salomón estaba convencido de esto y reflexionó sobre nuestras reacciones ante las circunstancias fluctuantes. En Eclesiastés, escribió: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. […] tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar» (3:1-4).

¡Papi!

Santiago, de 20 meses de edad, guiaba confiadamente a su familia por el pasillo de su inmensa iglesia. El papá no le quitaba los ojos de encima mientras el niño se abría camino entre la multitud de «gigantes». De pronto, el muchachito entró en pánico porque no podía ver a su padre. Se detuvo, miró para todos lados y empezó a gritar: «¡Papi! ¡Papi!». Al instante, su papá se le puso al lado y el pequeño Santiaguito le extendió la mano, la cual el padre sujetó con fuerza. De inmediato, el niño se quedó tranquilo.

Sin marcha atrás

La primera vez que la vi, me enamoré. Era hermosa. Elegante. Limpia. Radiante. En cuanto divisé la berlina Ford Thunderbird 1962 en el estacionamiento de automóviles usados, su brillante exterior y su mortífero interior me atrajeron. Sabía que era el coche para mí. Así que, me despojé de 800 dólares y compré mi primer auto.

Sé un paje de armas

Los israelitas y los filisteos estaban en guerra. Mientras Saúl descansaba con sus hombres debajo de un granado, Jonatán y su paje de armas salieron silenciosamente del campamento para ver si el Señor obraría a favor de ellos, ya que estaban convencidos de que «no es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos» (1 Samuel 14:6).

Levantamiento de pesas

Un día, encontré a mi hijo completamente tenso intentando levantar sobre su cabeza una barra con un par de pesas de casi dos kilogramos… una hazaña ambiciosa para un niño pequeño. Solo la había separado unos centímetros del suelo, pero su mirada mostraba que estaba decidido a hacerlo y su cara estaba roja por el esfuerzo. Entonces, me ofrecí para ayudarlo y, juntos, logramos levantar el peso hacia el techo. El levantamiento de pesas que era tan difícil para él, fue fácil para mí.

Elevarse hacia la cima

«Falta de ambición». Esta es una frase que no te gustaría ver en tu evaluación laboral. En lo que respecta al trabajo, los empleados que no tienen ambiciones raras veces ascienden a la cima de una organización. Nada se consigue si no existe un imperioso deseo de lograr algo. No obstante, la ambición tiene un lado oscuro. A menudo, se refiere más a elevar el yo que a llevar a cabo alguna tarea noble para beneficio de los demás.

Amnesia de carácter

Al parecer, los jóvenes chinos están empezando a olvidar cómo escribir los caracteres que componen la hermosa caligrafía de su idioma tradicional. Algunos denominan este fenómeno «amnesia de carácter». El extendido uso de computadores y de teléfonos móviles suele significar que se descuida la escritura y que algunos ya no pueden recordar los caracteres que aprendieron en la niñez. Un joven dijo: «La gente ya no escribe más a mano, excepto el nombre y la dirección».

Bendita certeza

Mientras hablaba con un hombre cuya esposa había fallecido, me contó que un amigo le había dicho: «Lamento que hayas perdido a tu esposa». ¿Qué le contestó él? «Ah, no, no la perdí. ¡Sé exactamente dónde está!».

La misericordia de Dios

Hoy se cumple el décimo aniversario del ataque terrorista a los Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001. Es difícil pensar en aquella fecha sin que vengan a la mente imágenes de la destrucción, el dolor y la pérdida que inundó el país y todo el mundo después de semejante tragedia. La pérdida de miles de vidas iba acompañada de un profundo sentimiento de quebranto colectivo: la sensación de haber perdido la seguridad como nación. Esa angustia, tanto personal como corporativa, acompañará siempre el recuerdo de los sucesos de aquel día.

Buenos vecinos

Cuando el espacio aéreo en los Estados Unidos se cerró después del ataque del 11 de septiembre de 2001, los aviones tenían que aterrizar en el aeropuerto más cercano que se pudiera. Casi 40 aeronaves aterrizaron en Gander, Newfoundland. De pronto, esta pequeña comunidad canadiense casi duplicó su tamaño cuando llegaron miles de pasajeros horrorizados. Las familias ofrecieron sus hogares y los funcionarios convirtieron las escuelas, los hoteles, las iglesias y los auditorios en lugares para hospedarse. Los pasajeros que no podían volver a su casa quedaron pasmados ante la generosidad y amabilidad de la gente.