Titanic II
Mark Wilkinson compró un bote de casi 5 metros (16 pies) para pescar y pasear. Al parecer, no era supersticioso, porque lo llamó Titanic II, como el nefasto barco de lujo que chocó contra un iceberg y se hundió en 1912. El viaje inaugural del Titanic II desde un puerto en Dorset, Inglaterra, fue exitoso. Sin embargo, cuando Wilkinson quiso regresar, empezó a entrarle agua. Poco después, estaba sosteniéndose de una tabla, esperando que lo rescataran. Según se informa, declaró: «Me avergüenza un poco. Además, estaba bastante cansado de que me preguntaran si había chocado contra un iceberg». Un testigo ocular dijo después: «No era una embarcación muy grande… ¡me parece que un cubito de hielo podría haberla hundido!».
¿Ella también?
Supón que miras tu árbol genealógico y encuentras la siguiente descripción de uno de tus antepasados: «Prostituta, escondió en su casa a enemigos del gobierno. Cuando las autoridades la confrontaron por este asunto, mintió».
Un atisbo de la gloria
Todos los veranos, miles de televidentes del programa Good Morning America [Buenos Días, Estados Unidos] votan para elegir el mejor lugar del país. Me encantó cuando anunciaron que el ganador de 2011 era un lugar del estado donde vivo. Debo reconocer que no esperaba que el sitio premiado estuviera prácticamente en el fondo de mi casa. Me recordó cuando mi esposa Martie y yo visitamos las Cataratas del Niágara. Un hombre que estaba por ahí se dio cuenta de que éramos turistas y bromeó, diciendo: «No tienen nada de raro. Las veo todos los días».
Elocuente, pero humilde
Admiro las personas que pueden comunicar sus creencias y persuadir a los demás con su retórica. Algunos lo llaman «labia» o «tener verso». Otros lo denominan «elocuencia».
Amor confiable
Quizá la declaración más triste que alguien pueda oír es esta: «No te amo más». Estas palabras ponen fin a relaciones, rompen corazones y destruyen sueños. A menudo, los que han sido traicionados se protegen de futuros dolores decidiendo no volver a confiar en el amor de nadie. Esta convicción puede incluir también el amor de Dios.
Dar gracias
Durante el invierno, en Lansing, Michigan, no tenemos muchos días soleados, pero el año pasado, Dios nos bendijo con una de esas jornadas hermosas. Sin embargo, parecía que casi todos estaban dándole gracias al Señor, excepto yo. Cuando salí de la oficina, un hombre dijo: «Qué día hermoso tenemos. ¡Es un regalo de Dios!». Ante lo cual respondí: «Sí, pero vamos a tener nieve para el fin de semana». ¡Qué ingrato!
Día de cosecha
Una tarde de otoño, conducía mi automóvil junto a un campo donde un granjero había estacionado al costado del camino unas máquinas enormes. Un cartel amarillo advertía: «Cosecha en proceso». Al echar un vistazo hacia el campo, supe de inmediato qué había plantado el granjero unos meses antes: pequeñas semillas de trigo. Me di cuenta porque estaba preparándose para recorrer con sus cosechadoras aquella superficie cubierta de espigas maduras.
Observar y esperar
En Isaías 18, parece que el mundo entero está listo para luchar contra el pueblo de Dios. Sin embargo, ¿cómo reacciona el Todopoderoso? «Me estaré quieto, y los miraré desde mi morada…» (v. 4). Su quietud tal vez da la idea de que acepta la conspiración contra ellos. Pero no era así. Con su respuesta, le recuerda que Él obra a su tiempo; en el momento preciso y conforme a su voluntad.
Artículos sin uso
Mi primera bicicleta tenía un solo cambio. Cuando iba rápido o lento, en subida o en bajada, ese cambio hacía todo. La siguiente tenía tres cambios: uno para superficies llanas, otro para subir y un tercero para bajar. La tercera tenía diez, lo que me permitía un rango más amplio de posibilidades. Sin embargo, aunque tenía varias opciones, no las usaba todas cada vez que andaba. Algunas eran mejor para arrancar o ascender; otras eran solo para lograr velocidad; y otras, para pasear. Pero lo importante de aquellos cambios es esto: Aunque no los usaba todos al mismo tiempo, eso no significaba que nunca los necesitaría.
¿Dónde está Dios?
Conocí un hombre que estaba absolutamente convencido de que Dios no podía perdonarle todo lo que había hecho. Un anciano se ocupó de él, y, al año, me alegró saber que aquel joven, además de haber aceptado a Cristo como su Salvador, estudiaba fervientemente las Escrituras. Sin embargo, tres años después, cuando hablé con él, noté que había perdido el entusiasmo y que se quejaba, diciendo: «No entiendo cómo puede Dios permitir que los malos prosperen mientras tantos hijos suyos (incluido yo, podría haber agregado) luchan para llegar a fin de mes». Las quejas le habían quitado el gozo de la fe.