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El camino del amor

Hace años, vi una historieta que pintaba a un anciano disgustado y huraño, vestido con un piyama y una bata arrugada, y de pie junto a la puerta de su apartamento. Acababa de asegurar la puerta con cuatro candados, dos cerrojos y una cadena antes de ir a dormir. Más tarde, vio un pequeño sobre blanco metido por debajo de la puerta, con un adhesivo con forma de corazón. Era una tarjeta del día de San Valentín. El amor se había abierto camino.

Cuando entra el temor

Cuando mi hija gritó: «¡Mamá, un bicho!», miré hacia donde señalaba y vi la araña más grande que he visto fuera de una tienda de mascotas. Tanto la araña como yo sabíamos que no le permitiría quedarse en nuestra casa. Sin embargo, cuando la enfrenté, descubrí que no podía dar ni un paso para poner fin a la confrontación. Se me aceleró el pulso, tragué saliva y me dije algunas palabras de aliento. Aun así, el miedo hizo que no pudiera moverme ni un centímetro.

Sorpresa divina

Después de diez años de alquilar una casa en un lugar encantador, nos enteramos de que el dueño tenía que venderla de inmediato. Le pedí a Dios que permitiera que mi esposa y yo nos quedáramos en ese lugar que habíamos convertido en nuestro hogar y donde habíamos visto crecer a nuestros hijos. Pero el Señor dijo que no.

El reto de la riqueza

Cuando vivíamos en Kenia, en la década de 1980, con mi familia llevamos en el auto a una joven desde Nairobi hasta un lugar cerca del Lago Victoria, donde vivían sus padres. En el camino, paramos en la ciudad de Kisumu para dejar el equipaje en un hotel donde nos alojaríamos después de llevarla hasta su casa. Cuando nuestra amiga vio la habitación que nosotros considerábamos de un tamaño normal con dos camas, dijo: «¿Todo este espacio solo para cinco personas?». Lo que para nosotros era común y corriente, para ella, era un lujo. Las riquezas son relativas, y los que vivimos en países prósperos tendemos a quejarnos de un estilo de vida que otros adoptarían con suma alegría.

Un Dios generoso

Hace poco, entré en el vestíbulo de un hotel que exhibía el mayor arreglo floral que he visto en toda mi vida. Rebosaba de colores; perfectamente dispuesto y con una fragancia asombrosa. Hizo que me detuviera y admirara su belleza un instante. Me llevó a reflexionar en que la abundancia tiene algo que atrae nuestro corazón. Piensa en la cautivante belleza de una fuente rebosante de frutas coloridas o en una mesada cubierta de tres o cuatro tartas listas para disfrutar después de una pródiga cena del Día de Acción de Gracias.

Oídos sordos

Cuando Thomas Gallaudet se graduó del seminario en 1814, había planeado convertirse en predicador. Sin embargo, su llamado al ministerio tomó un giro inesperado cuando conoció en su vecindario a Alicia, una nena de nueve años que era sorda. Gallauder empezó a comunicarse con ella escribiendo palabras con un palo en la tierra.

Nunca nos abandona

Mientras Karissa Smith recorría una biblioteca local con su hijita de cuatro meses que balbuceaba, un anciano le dijo bruscamente que hiciera callar a su bebé o que él lo haría. Smith respondió: «Lamento lo que le haya pasado en la vida que ha hecho que una alegre bebé lo moleste tanto, pero no voy a decirle a mi hijita que se calle ni tampoco voy a permitir que usted lo haga». El hombre bajó la cabeza y se disculpó, y le contó que su hijo había fallecido de síndrome de muerte súbita infantil hacía más de 50 años. Había reprimido su amargura y su ira todos esos años.

No alcanzó

Una de las modas de la década de 1970 en los Estados Unidos eran los saltos en motocicleta. Esta tendencia llegó a su punto máximo (y mínimo) el 8 de septiembre de 1974. Miles de espectadores se reunieron en el Cañón del Río Snake, en Idaho, para ver si Evel Knievel podía saltar el abismo en una «motocicleta del cielo» especialmente diseñada. Sin embargo, fracasó. Knievel solo había recorrido parte del trayecto cuando su paracaídas se abrió y lo depositó en el fondo del cañón. Algunos espectadores preguntaban: «¿Hasta qué distancia llegó?». Pero esa no era la idea. La realidad es que no llegó hasta el otro lado; es decir, no alcanzó su objetivo.

Rótulo de advertencia

Hoy todo viene con etiquetas de advertencia; desde artefactos nuevos hasta juguetes. Incluso los medicamentos contienen prospectos con letra pequeña sobre los posibles malos efectos.

Ojo en el cielo

Es complicado crear un sistema mediante el cual un «ojo en el cielo» ayude a guiar automóviles, aviones y barcos todo el tiempo. Por ejemplo, los GPS que la mayoría de la gente conoce funcionan porque hay entre 24 y 32 satélites girando permanentemente alrededor de la Tierra a una altura de poco más de 20.000 km (12.500 millas). Esos satélites deben mantener una velocidad y una altura constantes para proporcionar indicaciones precisas.