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La vida escondida

Hace unos años, leí una poesía de George MacDonald, titulada A Hidden Life [Una vida escondida]. Cuenta la historia de un joven intelectualmente talentoso que prefirió volver a la granja de su familia para estar con su padre anciano en vez de convertirse en un profesional prestigioso. Allí se dedicó a lo que MacDonald denominó «tareas comunes y corrientes» y «actividades simples de utilidad humana». Sus amigos se lamentaron porque consideraban que estaba desperdiciando sus talentos.

Palabras que sanan

El 19 de noviembre de 1863, dos hombres renombrados pronunciaron discursos en una ceremonia en el Cementerio Nacional de Soldados en Gettysburg, Pennsylvania. El orador invitado, Edward Everett, había sido congresal, gobernador y director de la Universidad de Harvard. Considerado uno de los mejores oradores de su época, dio un discurso formal de dos horas. A continuación, habló el presidente Abraham Lincoln, cuyo discurso duró dos minutos.

Sin público

Una noche de invierno, el programa anunciaba que el compositor Juan Sebastián Bach interpretaría una obra nueva escrita por él. Llegó a la iglesia pensando que estaría repleta, pero se enteró de que no había ido nadie. Sin dudar un instante, Bach les dijo a sus músicos que harían la presentación tal como habían planeado. Todos se ubicaron en sus lugares, Bach tomó la batuta y, de inmediato, la magnífica música llenó todo el edificio.

Situación excelente

En la Primera Batalla del Marne, durante la Primera Guerra Mundial, el teniente general francés Ferdinand Foch envió este comunicado: «Mi centro está cediendo, mi derecha está en retirada. Situación excelente. Voy a atacar». Su disposición a ver esperanza en una situación difícil finalmente hizo que sus tropas vencieran.

Ayuda de su Espíritu

Muchos nos hacemos diferentes promesas para señalar el comienzo de un nuevo año: voy a ahorrar más, hacer más ejercicio o pasar menos tiempo en Internet. Empezamos el año con buenas intenciones, pero poco después, los viejos hábitos nos tientan a volver a nuestras antiguas prácticas. Ocasionalmente, cometemos un desliz; después, lo hacemos con más frecuencia; y más tarde, todo el tiempo. Al final, es como si nuestra resolución no hubiese existido nunca.

Sin apetito

Hace poco, estaba padeciendo un terrible resfriado y perdí el apetito. Podía pasar todo el día casi sin comer. Me bastaba con beber agua, pero sabía que no podría sobrevivir mucho tiempo así. Tenía que recuperar el apetito porque mi cuerpo necesitaba alimentarse.

31 días de gratitud

Según varios calendarios de los Estados Unidos, enero es el Mes Nacional de la Gratitud. Por supuesto, esto puede trasladarse fácilmente a todas partes, así que debería ser el Mes Mundial de la Gratitud.

De su mano

Cuando cruzamos una calle transitada acompañados de niños pequeños, extendemos la mano y decimos: «Tómate fuerte», y ellos se aferran a nuestra mano lo más fuerte que pueden. Pero nunca deberíamos depender de su fuerza en esto. Lo que los sostiene y protege es nuestra manera de tomarlos de la mano. Por eso, Pablo insiste: «… fui también asido por Cristo Jesús» (Filipenses 3:12). O mejor aun: «¡Cristo me sostiene de la mano!».

Sentimientos encontrados

Para Marlene y para mí, «sentimientos encontrados» describe exactamente nuestro casamiento. No me malinterpretes. Fue un acontecimiento maravilloso que continuamos celebrando después de más de 35 años. Sin embargo, la fiesta de bodas se vio empañada porque la madre de Marlene había muerto de cáncer unas semanas antes. Su tía ocupó de manera extraordinaria la función de «madre de la novia», pero en medio de nuestra felicidad, había algo que evidentemente no estaba bien. Faltaba Mamá, y eso afectaba todo.

Carta a un niño

También al final de su vida, C. S. Lewis mostró interés en el crecimiento espiritual de los creyentes que hacía poco habían aceptado a Cristo como Salvador. Aunque su salud estaba muy deteriorada, dedicó un tiempo para contestar la carta de un niño llamado Felipe. Tras elogiar la buena redacción del muchachito, Lewis señaló que estaba encantado de que entendiera que, en Las crónicas de Narnia, el león Aslan representaba a Jesucristo. Al día siguiente, Lewis murió en su casa en The Kilns, en Oxford, Inglaterra, una semana antes de cumplir 65 años.