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Libertad

Hace mucho tiempo, mi esposa decidió que conducir dentro de los límites de velocidad le da una maravillosa sensación de libertad. Ella me dice: «Jamás necesito un radar que detecte a qué velocidad voy, nunca tengo que frenar cuando veo una patrulla policial ni tampoco me preocupo por la posibilidad de tener que pagar una multa por exceder los límites permitidos». Aun en viajes largos, cuando los kilómetros parecen convertirse en una lenta rutina, ella coloca el control de crucero a la velocidad permitida y disfruta del trayecto. «Además —me recuerda—, es la ley».

Vínculos valiosos

Me dio mucha alegría cuando escuché que David estaba en la oficina para asistir a una reunión del directorio. Ambos teníamos una amiga en común, Sharon, que había muerto hacía varios años. Pasamos unos minutos recordándola y hablando de su amor a la vida y a Dios. ¡Qué placer conectarse con una persona que ha amado a alguien que uno también amó! Hay un vínculo especial porque les encanta hablar de esa persona querida.

Cópienme

Un día, al sentarnos a la mesa, mi hijo mayor comenzó a protestar diciendo que su hermanita «siempre» copiaba lo que él hacía. Cuando ella lo imita al reírse o al comer las papas fritas antes que la hamburguesa, él se enoja. Mi esposa y yo tratamos de hacerle entender que esa era su oportunidad de influir en ella al ser un buen ejemplo.

Ahora no es siempre

«Piensa en lo bien que te vas a sentir cuando deje de doler», decía mi padre. Cuando era niña, solía recibir este consejo de mi papá; en general, después de algún golpecito o raspón sin importancia que desencadenaba una exorbitante reacción dramática de mi parte. En aquella época, el consejo no me servía, porque en lo único que podía pensar era en mi dolor, ante el cual, la única reacción apropiada eran gemidos a toda voz acompañados de baldes de lágrimas.

Vida con sentido

Isaac Hann fue un pastor casi desconocido que sirvió en una pequeña iglesia en Loughwood, Inglaterra, a mediados del siglo xviii. Al final de su ministerio, los miembros de la iglesia sumaban 26 mujeres y 7 hombres. Y de esos hombres, sólo 4 asistían con cierta regularidad.

Lección del jején

Durante una de mis caminatas diarias, sin darme cuenta, pasé entremedio de un pequeño tornado de diminutos insectos. En ese momento, no presté mucha atención a lo sucedido, pero más tarde, descubrí toda clase de picaduras en mis tobillos y en mis brazos. Al parecer, había atravesado un enjambre de jejenes que me produjeron mucha picazón y llagas molestas.

¿De qué se trata?

Hace poco, estaba en un centro de compras repleto de gente y vi una mujer que se abría paso entre la multitud. Lo que me llamó la atención fue el mensaje en la camiseta que llevaba puesta, escrito con grandes letras mayúsculas: lo único que importa soy yo. Su proceder reafirmaba las palabras de su ropa.

El mejor cuarto

En enero de 2009, durante un viaje de investigación a Alemania, me afligí mucho al saber que nos alojaríamos en un monasterio. Imaginé un lugar austero, sin calefacción, con pisos de piedra fríos y camas duras. Sin embargo, me encontré con un cuarto cálido, agradable y cómodo. Mi colega comentó: «Los monjes creen en el principio de tratar a sus huéspedes como lo harían con Jesús». Aunque ellos no viven con tantas comodidades, igualmente están contentos.

El diablo me obligó

En marzo de 2009, en el estado de Washington, una mujer de 62 años fue acusada de robar más de 73.000 dólares de la iglesia adonde asistía. Cuando los detectives la interrogaron, dijo: «Satanás tuvo una gran participación en el robo». Suena como si dijera que el diablo la obligó a hacerlo.

Fuera de órbita

Todavía me asombra que podamos lanzar sondas al espacio interplanetario. Sin embargo, pienso qué desperdicio sería si, camino a Marte, esa sonda quedara atrapada bajo la fuerza gravitacional de un objeto menor e insignificante. ¡Cuidado! Esto podría estar sucediendo en nuestra vida.