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Justicia poética

Durante casi un año, un ex colega editorial vivió con miedo de ser despedido. Por razones desconocidas, un nuevo jefe de departamento empezó a incluir comentarios negativos en su informe laboral. Entonces, el día en que mi amigo esperaba quedarse sin trabajo, al que despidieron fue al jefe.

Atascado en el lodo

A Jeremías se lo llama «el profeta llorón». Es probable que haya tenido una actitud melancólica y sensible, acompañada de un corazón quebrantado ante el juicio de Dios sobre el desobediente pueblo de Israel. La intensidad de su dolor es asombrosa: «¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche…!» (Jeremías 9:1).

Él me cuida bien

Durante un tiempo de silencio antes del culto del domingo, la organista tocó un himno que yo no conocía. Lo busqué en el himnario y leí las palabras: «El Señor, mi Pastor, me cuida bien», una hermosa paráfrasis del Salmo 23:

Hasta la vista

Mi abuelo se negaba a decir «adiós»; le parecía que esa palabra era demasiado definitiva. Así que, cuando nos íbamos después de visitarlo, su ritual de despedida era siempre el mismo: De pie, delante de los verdes helechos que delimitaban su casa, saludaba con la mano y exclamaba: «¡Hasta luego!».

Un corazón por vez

El cuáquero John Woolman fue un predicador itinerante que lanzó su propia campaña para terminar con la esclavitud en Norteamérica durante la época colonial. Se reunía con personas que tenían esclavos para hablar de lo injusto que era apropiarse de la vida de otros seres humanos. Aunque no erradicó por completo la esclavitud, ciertamente persuadió a muchos amos para que liberaran a sus siervos. Su éxito se debió a la persuasión individual y personal. El libro de Filemón contiene una apelación similar. Onésimo era un esclavo que se había escapado de su amo Filemón, que era creyente en Cristo. Onésimo había sido salvo por la fe a través del ministerio de Pablo, y ahora este lo mandaba de regreso a ver a Filemón, acompañado de estas palabras: «quizá para esto se apartó de ti por algún tiempo, para que le recibieses para siempre; no ya como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado» (vv. 15-16). Aunque no sabemos si Onésimo fue dejado en libertad, su nueva fe en Jesús había modificado la relación con su amo cristiano. Ahora, él también era hermano en Cristo. Pablo influía en este mundo de a una persona por vez.

¿Mis uñas o Su mano?

Las dificultades pueden hacernos modificar nuestras perspectivas. Hace poco, recordé esto mientras conversaba con una persona que estaba sufriendo: una madre que, como mi esposa y yo, había perdido una hija adolescente en una muerte repentina y sin preaviso.

Invertir en el futuro

Jason Bohn era estudiante universitario cuando convirtió un hoyo en un solo golpe jugando al golf y ganó un millón de dólares. Aunque otros podrían haber despilfarrado ese dinero, Bohn tenía un plan. Como deseaba ser profesional de ese deporte, usó el premio como un fondo para vivir y entrenarse, y mejorar su talento deportivo. El efectivo se convirtió en una inversión para su futuro, la cual le dio sus dividendos cuando ganó el torneo B. C. Open de 2005 de la PGA (Asociación de Golf Profesional). Sin duda, su decisión de invertir a largo plazo en vez de vivir el momento fue sabia.

¡Papá no dijo «Ay»!

Tengo un amigo que, una noche, estaba trabajando en la oficina de su casa tratando de terminar una tarea impostergable. Su hijita, que en ese entonces tenía unos cuatro años, jugaba alrededor del escritorio entreteniéndose con una cosa y otra, moviendo objetos de un lado para otro, abriendo los cajones y haciendo bastante ruido.

Carácter en juego

Un entrenador de fútbol americano de una universidad en el Bronx (en Nueva York) formó su equipo sobre las buenas cualidades del carácter. En lugar de poner el nombre de cada uno en la parte posterior de las camisetas, los jugadores del Maritime College tenían palabras tales como familia, respeto, responsabilidad y entereza. Antes de cada competición, el entrenador Clayton Kendrick-Holmes les recordaba a los integrantes de su equipo que jugaran guiados por esos principios.

La regla de Wooden

Un legendario entrenador de baloncesto de la UCLA tenía una regla muy interesante para su equipo. Cuando un jugador marcaba una canasta, debía reconocer al miembro del equipo que le había pasado el balón. Cuando dirigía en una escuela secundaria, un jugador le preguntó: «Entrenador, ¿eso no va a restar mucho tiempo?». Wooden respondió: «No estoy pidiendo que vayas corriendo y lo abraces. Solo basta con hacerle un gesto de aprobación con la cabeza».