Un muchacho común y corriente
Esteban era solo un muchacho común y corriente. Servía silenciosamente en una iglesia a la que yo asistía hace años. Ayudaba a preparar los elementos para la Cena del Señor, barría la nieve de las aceras de la iglesia en el invierno y cortaba el césped en el verano. Pasaba tiempo con los varones adolescentes que vivían solo son sus madres. Solía escucharlo cuando le contaba a la gente de la iglesia lo bueno que el Señor era con él. Durante la reunión de oración, no hablaba mucho de sí mismo, sino que nos pedía que oráramos por aquellos a quienes les hablaba del amor y del perdón de Jesús.
¿Remolón?
Mientras estudiábamos el libro de Proverbios en mi grupo pequeño de estudio bíblico, nuestro líder sugirió que cambiáramos la descripción de una persona ociosa y usáramos el término remolón en vez de perezoso (6:6, 9). Ah, entonces sí había empezado a hablar mi idioma. De inmediato, comencé a pensar en todas las personas que considero remolonas.
Remedio para el miedo
En su discurso inaugural, en 1933, Franklin D. Roosevelt, el recién elegido presidente de los Estados Unidos, se dirigió a la nación que aún no se había recuperado de la Gran Depresión. Esperando despertar una perspectiva más optimista en cuanto a la crisis económica, declaró: «¡A lo único que tenemos que tenerle miedo es al miedo!».
Una palabra del Señor
El destacado predicador y teólogo Helmut Thielicke (1908-1986) soportó una gran oposición de parte del régimen nazi, en Alemania, durante las décadas de 1930 y 1940. Sin embargo, se mantuvo fiel a la proclamación de la presencia de Dios y el poder de Jesucristo durante un período desconcertante y difícil. El erudito Robert Smith dijo que, cuando Thielicke abordaba problemas y asuntos actuales en sus sermones, «buscaba responder la pregunta: “¿Hay algo que el Señor quiera decir?”».
Despertar preguntas
Cuando enseño, a veces uso la expresión «cuestionar la autoridad», para captar la atención de mis alumnos. No estoy invitándolos a desafiar mi autoridad, sino que los insto a hacerme preguntas. Algunos expertos en educación dicen que se aprende más cuando los maestros contestan preguntas que cuando imparten información. Por naturaleza, todos damos mayor prioridad a lo que queremos saber que a lo que alguien quiere decirnos.
Lado a lado
En el álbum de mi familia hay una foto de mi hija a los cuatro años de edad trabajando a mi lado y usando un martillo de juguete para reparar el revestimiento de la casa. Ese día, trabajamos lado a lado; ella imitaba todos mis movimientos, absolutamente convencida de que también estaba arreglando nuestro hogar. Pocas veces he disfrutado más una tarea. En la foto, es evidente que ella también está contenta.
¿Estás desanimado?
Como he escrito muchos artículos y un libro sobre cómo enfrentar las pérdidas en la vida, tengo el privilegio de conocer a muchos que, como yo, luchan a lo largo de nuestra travesía en este mundo. Una de mis nuevas amigas es una mamá cuya hija de 21 años murió repentinamente en el 2009, lo cual la dejó desequilibrada. Me dijo: «Me siento como marginada del mundo normal. Estoy destruida y tengo el alma abrumada de tristeza».
Más, más y más
Ahora que mi hija está aprendiendo a hablar, ha adoptado una palabra favorita: más. Dice «más» y señala una tostada con mermelada. Extendió la mano y dijo «¡más!» cuando mi esposo le dio algunas monedas para poner en su alcancía. Una mañana incluso exclamó: «¡Más papi!», cuando su padre salió para el trabajo.
Beneficios de la amistad
Cicerón fue uno de los pensadores más grandiosos del Imperio Romano. Fue un talentoso orador, abogado, político, lingüista y escritor. Aún hoy se lo cita por su clara prosa y su práctica sabiduría.
Alas como de paloma
David suspiraba mientras decía: «¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría» (Salmo 55:6). En mi caso, construiría una cabaña en medio de las montañas o me apostaría permanentemente en una torre de vigía. Cuando la vida me agobia, yo también anhelo salir volando y descansar.