Ayuda generosa
Un hombre que no tiene dónde vivir pasa tiempo en nuestra biblioteca local. Una tarde, mientras yo estaba escribiendo allí, me tomé un receso para almorzar. Después de terminar la primera mitad de un emparedado de pavo y queso suizo, me vino a la mente la cara de este hombre. Minutos después, le ofrecí la mitad de mi almuerzo, que no había tocado, y la aceptó.
El espíritu de la época
Cada época tiene sus pensamientos, ideas y valores que influyen en la cultura, el «espíritu de la época». Es esa especie de consenso progresivo que nos aletarga moralmente hasta hacernos dormir y nos lleva a aceptar los valores más modernos de la sociedad.
Necesitamos esperanza
Adán y Eva no necesitaban esperanza porque tenían todo. Además, no había por qué dudar de que la vida siguiera siendo tan agradable como desde el principio, con tantas cosas buenas que Dios les había dado para disfrutar. Sin embargo, arriesgaron todo por lo único que la serpiente dijo que el Señor no les había dado: el conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:17; 3:5). Por eso, cuando Satanás hizo su ofrecimiento, Eva cedió de inmediato y Adán la siguió sin vacilar (3:6). Consiguieron lo que querían: conocimiento. Pero perdieron lo que tenían: inocencia. Y con esta pérdida nació la necesidad de esperanza… esperanza de que se les quitara la culpa y la vergüenza, y de que el bien fuera restaurado.
¿Le importamos a Dios?
«Cuando veo tus cielos», escribió el salmista, «digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?» (Salmo 8:3-4). El Antiguo Testamento gira alrededor de esta pregunta. Mientras trabajaban arduamente en Egipto, a los esclavos hebreos les resultaba difícil creer que Dios se ocuparía de ellos, como afirmaba Moisés. El escritor de Eclesiastés formuló la pregunta de un modo más cínico: ¿Hay algo que realmente importe?
¿La voluntad de Dios?
El pedido de oración escrito de puño y letra era desgarrador porque parecía algo imposible: «Por favor, oren. Tengo esclerosis múltiple, debilidad muscular, problemas para tragar, dolores crecientes y pérdida de visión». El cuerpo de la mujer estaba derrumbándose, y pude percibir su desesperación en aquel ruego por intercesión.
Una vida honorable
En el 2010, mis hermanos y yo celebramos los 90 años de nuestro papá. Hicimos una gran fiesta con mucha comida y camaradería. Nos reunimos con parientes y amigos en la sala. Tocamos música y cantamos toda la tarde al son de un banjo, una guitarra, una mandolina, una flauta, un contrabajo y un tambor irlandés. Había una torta grande con estas palabras escritas en la cobertura: «Aleluya. Bienaventurado el hombre que teme al Señor. —Salmo 112:1. Felices 90 años, Hal».
Biblioteca rodante
Antes de la aparición de los artefactos electrónicos y las distracciones de la actualidad, los largos días de verano de mi niñez se alegraban todas las semanas cuando llegaba la biblioteca rodante. Era un autobús revestido de estantes llenos de libros que iba de la biblioteca regional a los vecindarios, para que pudieran acceder a ellos las personas que no tenían medios de transporte. Eso permitió que pasara muchos días de verano leyendo libros a los que, de otro modo, no podría haber accedido. Aun hoy, sigo agradecido por el amor a la lectura que me fomentó aquella biblioteca rodante.
Más y más
Un eslogan que suele oírse en la actualidad en este mundo económicamente inestable es «menos y menos». Se insta a los gobiernos a equilibrar sus presupuestos, y a la gente se le pide que disminuya el uso de energía eléctrica y de los limitados recursos. Todos deberíamos prestar atención a este buen consejo. Sin embargo, en la esfera de la fe, el amor, la gracia y la fortaleza no escasean. Por eso, como seguidores de Cristo, se nos exhorta a demostrar su amor cada vez más.
El camino del amor
Hace años, vi una historieta que pintaba a un anciano disgustado y huraño, vestido con un piyama y una bata arrugada, y de pie junto a la puerta de su apartamento. Acababa de asegurar la puerta con cuatro candados, dos cerrojos y una cadena antes de ir a dormir. Más tarde, vio un pequeño sobre blanco metido por debajo de la puerta, con un adhesivo con forma de corazón. Era una tarjeta del día de San Valentín. El amor se había abierto camino.
Cuando entra el temor
Cuando mi hija gritó: «¡Mamá, un bicho!», miré hacia donde señalaba y vi la araña más grande que he visto fuera de una tienda de mascotas. Tanto la araña como yo sabíamos que no le permitiría quedarse en nuestra casa. Sin embargo, cuando la enfrenté, descubrí que no podía dar ni un paso para poner fin a la confrontación. Se me aceleró el pulso, tragué saliva y me dije algunas palabras de aliento. Aun así, el miedo hizo que no pudiera moverme ni un centímetro.