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Antes del principio

Cuando mi hijo era adolescente, me hizo una de esas preguntas que hacen que uno merezca su salario como padre. «Papá —inquirió Esteban—, si Dios ha existido desde la eternidad, ¿qué hacía antes de crear el universo?».

Ni más ni menos

Hace poco, leía sobre lo sencillo que es falsear el mensaje de la Biblia. Quizá tratamos de hacer que respalde lo que ya creemos en vez de permitir que nos transmita lo que Dios desea decirnos. Algunos la usan para defender un aspecto de un tema, mientras que otros hacen lo mismo para oponerse. Ambos citan las Escrituras para respaldar sus opiniones, pero los dos no pueden tener razón.

Escolta en el valle

He oído personas que dicen: «No tengo miedo de morir porque sé que voy al cielo; ¡lo que me aterroriza es el proceso hasta llegar a la muerte!». Sí, como creyentes, anhelamos ir al cielo, pero quizá tengamos miedo de morir. Admitir esto no debe avergonzarnos. Es natural tenerle miedo al dolor que acompaña a la muerte, a separarnos de los seres amados, al posible empobrecimiento de nuestra familia y al remordimiento por las oportunidades terrenales perdidas.

Lecciones de una cerca

Cuando un viento huracanado derrumbó una parte de la cerca que rodea nuestra casa, mi primera reacción fue culpar al hombre que la había colocado pocos meses antes. Tras un momento de reflexión, me di cuenta de que la culpa era mía. Cuando estaba casi terminada, le dije al constructor que no hacía falta reemplazar cuatro postes de la cerca anterior con otros de cemento. «Solo fije la nueva cerca a los postes viejos —dije—. Quedará bien». Así fue… hasta que llegó el viento.

Palacio del maíz

Todos los años, el Palacio del Maíz, en Mitchell, Estados Unidos, exhibe hermosos murales: aves volando, carruajes Conestoga camino al Oeste, tipis de los aborígenes norteamericanos y escenas rurales. No obstante, esos murales tienen una particularidad: están hechos de maíz, semillas y hierbas. Los que se exhiben al aire libre se reemplazan cada año; en parte, porque las aves hambrientas los comen.

Una iglesia en marcha

Mi esposa Shirley y yo disfrutamos de un crucero por los fiordos de Noruega, para celebrar nuestro 50º aniversario de casados. En el trayecto, paramos en varios pueblos y aldeas, y visitamos varias iglesias. Entre ellas, una del siglo xii, a la que nuestra guía describió orgullosamente como «una iglesia todavía en marcha». Le pregunté: «¿Qué quiere decir?». Se refería a la época de la iglesia estatal, cuando los pastores designados solo cobraban sus salarios, pero nadie asistía a los cultos. Sin embargo, esa iglesia había continuado con los cultos y sirviendo fielmente al Señor… ¡durante casi 1.000 años!

¿Pánico o plegarias?

Una mujer de 85 años, sola en un convento, quedó atrapada en un ascensor cuatro noches y tres días. Gracias a Dios, tenía una jarra de agua, unos trozos de apio y unas gotas para la tos. Tras intentar sin éxito abrir la puerta para conseguir señal para el teléfono móvil, decidió encomendarse a Dios en oración. «Era… o pánico o plegarias», dijo luego por televisión. Desesperada, confió en el Señor y esperó hasta que la rescataron.

Jesús está cerca

Samuel, de cuatro años, había terminado de comer y preguntó si podía irse. Quería salir a jugar. Pero era demasiado pequeño para estar afuera solo, así que, la madre dijo: «No, no puedes salir solo. Debes esperar que yo termine para acompañarte». Su respuesta inmediata fue: «Pero, mami, ¡Jesús está conmigo!».

Tranquilos en la manos de Dios

Cuando cursaba el primer año del seminario, escuché a una nueva amiga contar sobre su vida. El esposo la había abandonado y criaba sola a sus dos hijitos. Con un salario apenas por encima del mínimo, tenía pocas probabilidades de escapar de la pobreza y de los peligros de su vecindario.

Ayudar en los obstáculos

Cuando mi hija Debbie era pequeña, tomó clases de danza clásica. Uno de los ejercicios consistía en saltar sobre una colchoneta enrollada. En su primer intento, tropezó contra ese obstáculo. Por un instante, quedó sentada en el suelo, perpleja, y después empezó a llorar. De inmediato, salí corriendo a ayudarla y le dije algunas palabras para tranquilizarla. Luego, sosteniéndola de la mano, corrí con ella hasta que pudo saltar por encima de la colchoneta. Debbie necesitó que la animara para superar ese obstáculo.