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Jesús está cerca

Samuel, de cuatro años, había terminado de comer y preguntó si podía irse. Quería salir a jugar. Pero era demasiado pequeño para estar afuera solo, así que, la madre dijo: «No, no puedes salir solo. Debes esperar que yo termine para acompañarte». Su respuesta inmediata fue: «Pero, mami, ¡Jesús está conmigo!».

Tranquilos en la manos de Dios

Cuando cursaba el primer año del seminario, escuché a una nueva amiga contar sobre su vida. El esposo la había abandonado y criaba sola a sus dos hijitos. Con un salario apenas por encima del mínimo, tenía pocas probabilidades de escapar de la pobreza y de los peligros de su vecindario.

Ayudar en los obstáculos

Cuando mi hija Debbie era pequeña, tomó clases de danza clásica. Uno de los ejercicios consistía en saltar sobre una colchoneta enrollada. En su primer intento, tropezó contra ese obstáculo. Por un instante, quedó sentada en el suelo, perpleja, y después empezó a llorar. De inmediato, salí corriendo a ayudarla y le dije algunas palabras para tranquilizarla. Luego, sosteniéndola de la mano, corrí con ella hasta que pudo saltar por encima de la colchoneta. Debbie necesitó que la animara para superar ese obstáculo.

Seguir dando fruto

A veces, la cosecha llega tarde. En ocasiones, uno siembra semillas de esperanza sin darse cuenta. Otras veces, el fruto de tu vida llega de una manera y en un momento totalmente inesperados.

Baja las manos

Creo que tengo grabadas las huellas digitales de mi madre en la rodilla por tantas veces que me apretó la pierna en la iglesia y me susurró frases conocidas como: «Quédate quieto». De niño, era muy inquieto; en especial, en lugares como la iglesia. Por eso, durante años, cuando leía: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios…» (Salmo 46:10), pensaba que se refería a no estar inquieto.

Los menos poderosos

En la publicación en línea de 24/7 Wall St. apareció una extraña lista de Las 100 personas menos poderosas del mundo. Entre ellas, había ejecutivos de empresas, deportistas, políticos y celebridades que tenían una característica en común: solían ser poderosos. Algunos fueron víctimas de las circunstancias, otros tomaron malas decisiones de negocios, y otros dejaron de ser influyentes debido a su inmoralidad.

El momento oportuno

Pasaron unos cuantos meses hasta que comprendí que lo que consideré un encuentro casual había sido oportunamente programado por mi futuro esposo.

El costo de vivir

Cuando era joven, pensaba que vivir en la casa de mis padres era sumamente difícil. Al mirar atrás, me hace gracia darme cuenta de cuán ridículas eran mis quejas. Mis padres nunca me cobraron un centavo por vivir con ellos. El único «precio» era la obediencia. Simplemente, tenía que obedecer las reglas, como ser ordenada, amable, decir la verdad e ir a la iglesia. Nada de eso era difícil, pero, aun así, me costaba hacer caso. No obstante, mis padres no me echaron de casa cuando desobedecía, sino que siguieron recordándome que todo eso era para protegerme, no para perjudicarme. Incluso, a veces me imponían reglas más estrictas para protegerme de mí misma.

Estar satisfecho

Es difícil lograr contentamiento. Aun el apóstol Pablo, un héroe de la fe, tuvo que aprender a sentirse satisfecho (Filipenses 4:11). No era una característica natural de su personalidad.

Álamos temblones

Mientras visitaba la Península Superior de Míchigan, me llamaron la atención dos árboles. Aunque las hojas de los otros árboles que los rodeaban no se movían, las de estos ondeaban con la más mínima brisa. Se lo mostré a mi esposa, y ella me dijo que se llamaban álamos temblones. Quedé asombrado ante el efecto visual que producían esas hojas. Mientras todos los otros parecían calmos e inmóviles, las hojas de los álamos temblones ondulaban, aunque el viento fuera sumamente débil.