Dos cuentos, una ciudad
El libro de Jonás tiene los ingredientes necesarios para el guión de una gran película: un profeta que huye, una terrible tormenta en el mar, un gran pez que se traga al vocero divino, Dios que le perdona la vida y una ciudad pagana que se arrepiente.
¡El Hijo amanece!
Según una leyenda, el nombre del estado donde nací, «Idaho», viene de una palabra de los indios shoshone: «i-da-jou»; que traducida significa algo parecido a: «¡Miren! El sol se levanta sobre la montaña». Suelo pensar en esto cuando el gran astro aparece sobre las cumbres en el oriente y derrama su luz y su vida sobre el valle donde vivimos.
Pecado escondido
Carlos había frenado en una esquina, cuando un automóvil que venía detrás lo embistió y lo empujó contra el coche que estaba adelante. Un crujido escalofriante indicaba que otros vehículos habían colisionado detrás de él.
Mala elección
El presentador de televisión Larry King le preguntó a una estrella del espectáculo, ya anciano, sobre el cielo. Como prólogo, se refirió a una frase que le había dicho Billy Graham, que «él sabía qué estaba por delante: el paraíso; que iba a ir al cielo».
Honrar con honra
Siempre me ha impresionado la solemne y magnífica simplicidad del cambio de guardia en la tumba del soldado desconocido en el Cementerio de Arlington, en Estados Unidos. Este evento minuciosamente coreografiado es un conmovedor tributo a los soldados cuyos nombres —y sacrificio— «solo Dios los conoce». La misma emoción provocan los momentos sin público cuando, con paso firme, vienen y van, hora tras hora, día tras día, incluso durante el peor de los climas.
Seguir maravillado
Hace poco, durante un viaje, mi esposa se sentó cerca de una madre cuyo hijo volaba por primera vez en avión. Cuando la nave despegó, él dijo: «¡Mamá, mira qué alto que estamos! ¡Y todo se achica cada vez más!». Unos minutos después, exclamó: «¿Eso que está ahí son nubes? ¿Qué hacen debajo de nosotros?». A medida que pasaba el tiempo, otros pasajeros leían, dormitaban y bajaban las persianas para ver la película que se proyectaba a bordo. Sin embargo, este muchachito seguía pegado a la ventanilla, absorto ante la maravilla de todo lo que veía.
¿Estás escuchando?
Se sentía frustrado, enojado. Cansado de que lo culparan de todo lo que andaba mal. Año tras año, los había ayudado a superar un desastre tras otro. Estaba continuamente intercediendo por ellos para sacarlos de problemas. Pero lo único que recibía a cambio de sus esfuerzos era más angustia. Al final, exasperado, dijo: «¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?» (Números 20:10).
El «rutero» del piloto
En los siglos xv y xvi, durante la era de la gran exploración marítima, los veleros atravesaban océanos inmensos y peligrosos y navegaban frente a costas amenazadoras. Los pilotos usaban diversas técnicas de navegación; entre ellas, un libro llamado «rutero» (una especie de bitácora), un diario de sucesos registrados por un viajero anterior, donde relataba los problemas en aguas previamente desconocidas y difíciles. Leyendo los detalles en un rutero, los capitanes podían evitar peligros y atravesar corrientes complicadas.
Confianza y tristeza
A principios de 1994, cuando con nuestra familia nos enteramos de que el equipo de fútbol de Estados Unidos jugaría la Copa del Mundo en Michigan, el estado donde nací, supimos que teníamos que estar allí.
Verdadero premio
Estoy asombrado por el impacto que mi esposa Martie ha tenido en la vida de nuestros hijos. Muy pocas funciones exigen la clase de perseverancia y de entrega sacrificada e incondicional que tiene la maternidad. Sin duda, mi carácter y mi fe han sido moldeados por mi madre, Corabelle. Seamos realistas, ¿dónde estaríamos sin nuestras esposas y nuestras madres?