Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo. —JUAN 14:28
En Brasil, las familias se reúnen en Nochebuena y esperan hasta medianoche para unirse a la cena, preparada con mucho cariño. Esto no es difícil: La Navidad incluye una noche cálida y luminosa, con grandes reuniones familiares llenas de buena conversación y alegría. Tras la deliciosa cena, llega el momento de abrir los regalos. Todo el mundo se pregunta, sobre todo los niños: «¿Hay algún regalo bonito para mí?».
La Navidad es la estación de la alegre anticipación. El pueblo de Dios había esperado el nacimiento del Mesías durante siglos, y su mano había guiado cuidadosamente cada detalle: el nacimiento virginal, en la ciudad concreta de Belén, y la humildad de su encarnación: «Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta…» (MATEO 1:22).
Puede que no siempre haya fiesta por Navidad y que los regalos decepcionen o no lleguen. Aguardar en Dios, sin embargo, es una espera que no defrauda. Cristo ofrece el perdón de los pecados y la «potestad de ser hechos hijos de Dios» (JUAN 1:12). La reconciliación con el Padre es un don incomparable, que nos permite conocer su paz perfecta: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da…», dijo Jesús (JUAN 14:27).
¿Te resulta difícil esperar? Dios ha demostrado su fidelidad enviando a Jesús, así que podemos estar tranquilos con sus palabras: «Vengo a vosotros» (V. 28). ¡No hay mejor esperanza que esa! El regalo que verdaderamente satisface nuestra alma es formar parte de su familia y vivir con él por toda la eternidad.
MARILIA LARA
¿Cómo te ha hecho sentir frustrado una esperanza equivocada? ¿Cómo puede cambiar tu visión de la vida recordar las firmes promesas de Dios?
Querido Jesús, que aprenda a esperarte con amor, sabiduría y alegría esperanzada.