Dios está en todas partes
El modesto violinista, con gorra de béisbol y camiseta, se instaló cerca de la estación de metro L’Enfant Plaza, en Washington D. C. Deslizó el arco sobre las cuerdas produciendo una música melodiosa, pero los transeúntes pasaban apresurados, sin prestar atención. Apenas un puñado de personas se detuvo a escuchar. Nadie imaginó que era Joshua Bell, uno de los mayores intérpretes de nuestra generación, que la noche anterior había tocado en la Biblioteca del Congreso. Bell interpretó varias de las piezas más difíciles del mundo en un Stradivarius de 1713 valuado en unos 3,5 millones de dólares.
Decisiones y consecuencias
En 1890, el ornitólogo amateur Eugene Schieffelin decidió soltar 70 estorninos europeos en el Central Park de Nueva York. Aunque se incorporaron varias especies, la anidación de los estorninos fue la primera en documentarse. Ahora hay unos 85 millones de esas aves aleteando por el país. Lamentablemente, los estorninos son invasivos; alejan poblaciones de aves nativas, diseminan enfermedades en el ganado y causan daños por unos 800 millones de dólares al año. Schieffelin jamás imaginó el daño que generaría su decisión.
Un corazón generoso
Cuando la estrella del fútbol Sadio Mané, de Senegal, jugaba para el Liverpool en la liga inglesa, era uno de los jugadores africanos mejor pagos del mundo, recibiendo millones de dólares por año. Los aficionados detectaron una foto de Mané con un iPhone con la pantalla rota, y bromeaban sobre él por usar un aparato dañado. Su respuesta fue tranquila: «¿Por qué querría tener diez Ferraris, veinte relojes de diamante y dos aviones? Tuve hambre, trabajé en el campo, jugué descalzo y no fui a la escuela. Ahora puedo ayudar a la gente. Prefiero construir escuelas y dar comida y ropa a los pobres. [Dar] algo de lo que la vida me ha dado».
Amor digno de nuestra vida
William Temple, un obispo inglés del siglo xix, concluyó una vez un mensaje a los estudiantes en Oxford con las palabras del himno La cruz sangrienta al contemplar. Pero advirtió sobre tomar livianamente la canción: «Si sienten [las palabras] de todo corazón, cántenlas lo más fuerte que puedan. Si no las sienten para nada, permanezcan en silencio. Si las sienten un poco y quieren sentirlas más, cántenlas bien suave». Lentamente, miles de voces empezaron a cantar en un susurro las líneas finales con sobriedad: «¿Y qué podré yo darte a ti, a cambio de tan grande don? / Es todo pobre, todo ruin; toma, oh, Señor, mi corazón».
Guerra de los Pasteles
De todas las tonterías que han llevado a la guerra, ¿podría ser un pastel la peor de todas? En 1832, en medio de las tensiones entre Francia y México, un grupo de oficiales del ejército mexicano visitó una pastelería francesa en Ciudad de México y probó todos los productos del pastelero sin pagar. Aunque hubo otros agravantes, el resultado fue la primera guerra franco-mexicana, conocida como la Guerra de los Pasteles. Es triste lo que un momento de ira puede incitar.
Dios nunca nos pierde
En Estados Unidos, el Departamento de Transporte informó que, en 2021, las aerolíneas manejaron mal dos millones de maletas. Felizmente, muchas se retrasaron o perdieron por poco tiempo. Pero miles se perdieron para siempre. Con razón está surgiendo un mercado de GPS que se incorporan al equipaje y permiten rastrearlo cuando las aerolíneas ya no lo hacen. Todos tememos que los encargados no sean confiables para mantener un seguimiento de lo importante.
Reflejar la misericordia de Dios
En la Guerra de invierno contra Rusia, en 1939, un soldado finlandés yacía herido en el campo de batalla. Un soldado ruso pasó a su lado, apuntando con su rifle. El final del finlandés era seguro. Pero el ruso le dio un kit médico y siguió avanzando. Lo notable fue que, más tarde, el finlandés se encontró en una situación similar, pero con los roles invertidos: un soldado ruso yacía herido e indefenso. El finlandés le dio los suministros médicos y se fue.
Reconocer a Dios
Volé a la India, que nunca había visitado, y llegué al aeropuerto de Bengaluru después de la medianoche. A pesar de varios emails, no conocía a quien me iría a buscar ni dónde encontrarlo. Seguí a la multitud a buscar el equipaje y a la aduana, y salí a la noche calurosa y húmeda donde traté de detectar un par de ojos amigos entre el mar de rostros. Durante una hora, camine de un lado a otro, esperando que alguien me reconociera. Por fin, un hombre se acercó y preguntó: «¿Usted es Winn? Perdón. Pensé que lo reconocería. Usted seguía caminando por delante de mí, pero su aspecto no era como yo imaginaba».
Reconocer a Dios
Volé a la India, que nunca había visitado, y llegué al aeropuerto de Bengaluru después de la medianoche. A pesar de varios emails, no conocía a quien me iría a buscar ni dónde encontrarlo. Seguí a la multitud a buscar el equipaje y a la aduana, y salí a la noche calurosa y húmeda donde traté de detectar un par de ojos amigos entre el mar de rostros. Durante una hora, camine de un lado a otro, esperando que alguien me reconociera. Por fin, un hombre se acercó y preguntó: «¿Usted es Winn? Perdón. Pensé que lo reconocería. Usted seguía caminando por delante de mí, pero su aspecto no era como yo imaginaba».
La promesa de Dios más allá de las ruinas
Cuando el huracán Laura azotaba el Golfo de México en dirección a la costa estadounidense de Louisiana, las advertencias eran alarmantes. Un alguacil, ante vientos de 240 kilómetros por hora, emitió este mensaje impactante: «Por favor, evacúen. Pero si deciden quedarse y no podemos llegar adonde están, escriban su nombre, dirección, número de seguridad social y familiar cercano, y colóquenlo en una bolsita plástica en su bolsillo. Oramos para que no se llegue a esto». Los equipos de rescate sabían que, cuando Laura tocara tierra, lo único que podrían hacer sería ver el paso destructor de la tormenta.