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Articles by Amy Boucher Pye

Dar generosamente

El general Charles Gordon sirvió a la reina Victoria en China y otras partes, pero cuando vivía en Inglaterra, donaba el 90% de sus ingresos. Cuando oyó sobre una hambruna en Lancashire, borró la inscripción de una medalla de oro puro que había recibido de un líder mundial y la envió allí, diciendo que la fundieran y usaran el dinero para comprar pan para los pobres. Ese día, escribió en su diario: «La última cosa que tenía en este mundo y que valoraba la he dado al Señor Jesús».

El regalo del arrepentimiento

«¡No! ¡Yo no lo hice!». A Julia se le hundía el corazón al oír a su hijo adolescente, porque sabía que mentía. Oró interiormente a Dios por ayuda, antes de volverle a preguntar a Simón qué había sucedido. Él seguía negando haber mentido, hasta que ella finalmente levantó las manos al cielo, exasperada. Tras decir que necesitaba una pausa, empezó a alejarse, cuando sintió una mano sobre su hombro y oyó una disculpa. El Espíritu Santo había convencido a Simón de su pecado, y se arrepintió.

Una postura humilde

«Mantén las manos en la espalda. Estarás bien». Este es el consejo amoroso que el esposo de Julia le da siempre antes de que ella vaya a hablarle a un grupo. Cuando se encontraba intentando impresionar a la gente o buscando controlar una situación, adoptaba esa postura porque la colocaba en un marco mental receptivo y enseñable. Lo empleaba para recordarse amar a los que estaban delante de ella, ser humilde y permitir que el Espíritu Santo obrara.

El Verbo y un nuevo año

Michellan enfrentaba desafíos mientras crecía en las Filipinas, pero siempre amó las palabras y encontraba consuelo en ellas. Un día, cuando asistía a la universidad, leyó el primer capítulo del Evangelio de Juan, y su «corazón de piedra se sacudió». Sintió como que alguien le decía: «Sí, tú amas las palabras, y adivina qué. Hay un Verbo eterno, Uno que […] puede disipar la oscuridad, ahora y siempre. Un Verbo que tomó forma de carne. Un Verbo que puede amarte».

El Príncipe de Paz

Cuando el resfriado de Juan se transformó en neumonía, terminó enviándolo al hospital. Al mismo tiempo, a su madre la estaban atendiendo por cáncer unos pisos más arriba, y se sentía abrumado por la preocupación. Entonces, en Nochebuena, en la radio sonó «Santa la noche», y Juan sintió que la paz de Dios lo inundaba. Escuchó cómo la canción anunciaba que era la noche en que nació el Salvador: «Una esperanza todo el mundo siente, la luz de un nuevo día sin igual». En ese momento, sus preocupaciones se desvanecieron.

Millones de millones

Nos reunimos para nuestra reunión del domingo con gozo y expectativa. Aunque guardábamos distancia por la pandemia del coronavirus, agradecimos la oportunidad de celebrar la boda de Gavin y Tijana. Se transmitió el servicio a amigos y familiares en todo el mundo. Este enfoque creativo nos ayudó a superar las restricciones mientras nos regocijábamos en el pacto matrimonial. El Espíritu de Dios no unió y nos llenó de gozo.

Canta alabanzas al Señor

El calor y la humedad del verano nos golpearon toda la semana durante la conferencia de discipulado, pero el último día recibimos con agrado un frente de aire más fresco. Agradecidos por el alivio y la obra asombrosa que Dios había hecho, cientos de voces nos unimos para adorar a Dios con el corazón, el alma, el cuerpo y la mente centrados en Él. Al rememorar ese día décadas después, evoco la maravilla y el gozo sinceros de alabar a Dios.

Los planes de Dios para ti

Durante seis años, Ángela trató de volverse la «esposa perfecta del pastor», imitando a su amada suegra (también esposa de pastor). Pensó que, en ese papel, no podría ser también escritora y pintora; y al reprimir su creatividad, se deprimió y pensó en suicidarse. Solo la ayuda de un pastor vecino la sacó de la oscuridad tras orar con ella y asignarle que escribiera durante dos horas cada mañana. Esto despertó lo que ella denominó «órdenes selladas»: el llamamiento que Dios le había hecho. Escribió: «Para ser real y plenamente yo […], cada caudal de creatividad que Dios me había dado tuvo que encontrar su canal».

Descansar seguro en Dios

Cuando cada uno de mis hijos iba entrando en la adolescencia, le escribía una carta. En una, hablé de la identidad de Cristo, recordando que cuando yo era adolescente, me sentía insegura de mí misma y me faltaba confianza. Tuve que aprender que era la amada de Dios… su hija. En la carta, escribí: «Saber quién eres se reduce a saber de quién eres». Porque cuando entendemos que Dios nos creó, a medida que nos transforma para parecernos cada día más a Él, podemos tener paz con la persona que quiso que fuéramos.

Compartir a Jesús

Poco después de que Dwight Moody pusiera su fe en Cristo, el evangelista decidió no dejar pasar un día sin compartir la buena noticia de Dios con al menos una persona. En días atareados, a veces se olvidaba de su resolución hasta tarde. Una noche, estaba en la cama cuando se acordó. Salió de su casa, pero pensó: No encontraré a nadie en medio de esta lluvia. Justo entonces, vio a un hombre caminando por la calle. Moody se acercó y le preguntó si podía refugiarse en su paraguas. Una vez que le dio permiso, dijo: «¿Tienes algún refugio en tiempos de tormenta? ¿Podría contarte sobre Jesús?».