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Mira tu ciudad

«Mira nuestra ciudad como nosotros la miramos». Un grupo de desarrollo urbano en Detroit, Michigan, usó este eslogan para lanzar su visión para el futuro de la ciudad. Pero el proyecto se detuvo repentinamente cuando personas de la comunidad notaron que faltaba algo en la campaña: los afroamericanos, quienes son mayoría en la población y entre los trabajadores, no aparecían entre los rostros blancos que se mostraban en los carteles, estandartes y publicidades.

Cacería de zorras

Mientras hablaba por teléfono con una amiga que vive en la costa del mar, le dije cuánto me gustaba oír el graznido de las gaviotas. «Criaturas viles», respondió ella, porque le resultan una amenaza constante. Al vivir en Londres, yo siento lo mismo respecto a las zorras. No me resultan animales bonitos, sino criaturas que dejan un olor espantoso al pasar.

Fatiga por compasión

Ana Frank es famosa por su diario, donde describe los años en que su familia se escondió durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, cuando la encarcelaron en un campo de concentración nazi, sus compañeros decían que «sus lágrimas [por ellos] nunca se detuvieron», lo cual la hicieron «una presencia bendita para todos los que la conocieron». Así, el erudito Kenneth Bailey afirmó que Ana nunca mostró tener «fatiga por compasión».

Esperanza en la oscuridad

Según una leyenda, Qu Yuan era un funcionario sabio y patriota del gobierno chino, que vivió durante el período conocido como Reinos Combatientes (475-246 a.C.). Se dice que trató varias veces de advertirle a su rey de la inminente amenaza que destruiría el país, pero que el rey rechazó su consejo. Finalmente, Qu Yuan fue exiliado. Cuando se enteró de la caída de su amado país a manos del enemigo del cual había advertido, se quitó la vida.

Aceptar los desacuerdos

Recuerdo escuchar a mi padre hablar sobre lo difícil que era alejarse de argumentos interminables sobre las diferentes interpretaciones de la Biblia. Pero también, relataba lo bueno que era cuando ambas partes estaban de acuerdo en aceptar los desacuerdos.

Aprender a ser agradecido

Años de agotamiento causados por dolores crónicos y frustración por mi movilidad limitada finalmente me superaron. El descontento me llevó a ser exigente y desagradecida. Empecé a quejarme de cómo me atendía mi esposo y de la forma en que limpiaba la casa. Aunque era el mejor de los cocineros, renegaba de la falta de variedad en sus comidas. Cuando, al tiempo, él me dijo que mis quejas lo lastimaban, me ofendí. Claro, él no tenía idea de lo que yo estaba viviendo… Con el tiempo, Dios me ayudó a ver mis errores, y les pedí perdón a Él y a mi esposo.

Tu voluntad, no la mía

Kamil y Joelle quedaron devastados cuando a su hija Rima, de ocho años, le diagnosticaron leucemia. La enfermedad se complicó, y Rima entró en coma. El equipo médico del hospital les dijo a los padres que hicieran los arreglos para el funeral de la niña, dándole menos del uno por ciento de chances de sobrevivir.

Bondad inesperada

Mi amiga estaba esperando para pagar por sus compras, cuando un hombre se dio vuelta y le entregó un bono de descuento de diez libras esterlinas. Primero, ella no pudo contener las lágrimas ante ese acto de bondad, y luego, se reía de sí misma por haber llorado. Aquella bondad inesperada la conmovió y le dio esperanza mientras atravesaba una etapa de agotamiento, y dio gracias al Señor por su bondad extendida a través de otra persona.

El gran crescendo

Mis padres me enseñaron a amar toda clase de música; desde country hasta clásica. Por eso, el corazón me latía con rapidez cuando entré en el Conservatorio de Moscú —una de las grandes salas de música de Rusia— para escuchar a la Sinfónica Nacional. A medida que interpretaban una pieza maestra de Tchaikovsky, el crescendo fue cobrando fuerza hasta llegar a un dramático y profundo clímax musical. Fue un momento mágico, y la audiencia se puso de pie con un estruendoso aplauso de aprobación.

¿Dónde está la paz?

«¿Todavía tienes esperanzas de que haya paz?», le preguntó un periodista a Bob Dylan.