Compartir nuestros dones espirituales
«Eres bueno tocando la guitarra», le dije a un nuevo amigo en la iglesia. «Gracias —respondió—. Es mi ministerio». Otra vez esa palabra: ministerio. No sabía qué era exactamente ni cómo alguien «tenía» un ministerio, pero mi amigo simplemente estaba usando el talento musical que se le había dado para servir a otros. Cuando descubrí que uno de mis dones era la exhortación, o animar, me sentí un poco decepcionada. Me parecía demasiado sencillo. Pero pronto comprendí que, como líder en nuestro pequeño grupo, me alegraba escribir notas de aliento o llamar a nuestros integrantes. Estaba usando uno de mis dones espirituales sin siquiera saberlo.
Andar por fe
La mujer subía con cautela cada escalón de la iglesia para el servicio de esa noche. Cuando se detuvo por el dolor o la falta de aire, un hombre que pasaba le dijo: «Un paso a la vez. Es la única manera de lograrlo. Tómalo con calma». Su intención fue animarla, y quizá le dio el impulso que necesitaba para llegar hasta arriba. Eso también alentó mi alma cansada durante mi visita aquella noche.
Correr hacia Dios en oración
En un momento, Adrián Simancas iba en un kayak junto a su padre en el Estrecho de Magallanes, en Chile. Al siguiente, al joven lo embocó una ballena jorobada. «Pensé que estaba muerto», contó Adrián a un medio de comunicación. Segundos después, la ballena lo soltó en las aguas heladas. Su chaleco salvavidas lo hizo flotar y su padre lo ayudó a ponerse a salvo.
Esperar en Dios
Cuando era niña, me entusiasmaba al ver coloridos carteles especiales al costado del camino. Creía que ya habíamos llegado al parque de diversiones al que íbamos. Comenzaba alegremente a recoger mis cosas, solo para decepcionarme al ver más carteles y tener que esperar aún más antes de llegar. Finalmente, entendí que esos carteles anunciaban que los visitantes estaban cerca, pero que aún faltaban unos kilómetros.
Crecer en el conocimiento de Dios
No bien me lancé a la piscina, mis gafas se llenaron de agua y apenas podía ver. A pesar de no haber tomado clases de natación, perseveré lentamente durante las dos vueltas de una carrera en la que me había inscrito impulsivamente. Como adolescente, fue una experiencia embarazosa. Pero años después, disfruté tomando clases y aprendiendo las técnicas adecuadas de los cuatro estilos de nado.
Perdido, pero ahora encontrado
Cuando visité la región amazónica de Ecuador con mi padre hace muchos años, hicimos un divertido paseo en lancha hacia una pequeña aldea para conocer el lugar y aprender sobre las tribus locales. Mi querido papá me compró joyas artesanales, incluido un par de pendientes. Solo los usaba en ocasiones especiales, como cuando fui a visitar a mi hermana por mi cumpleaños. Al regresar de ese viaje, me horrorizó descubrir que había perdido uno. Busqué por todas partes.
Seguro en las manos de Dios
Cerré los ojos y traté de ignorar los crujidos mientras el juego mecánico del parque de diversiones subía lentamente. Cuando se detuvo por un momento, cometí el error de espiar y me horrorizó ver la caída que estábamos por enfrentar. Volví a cerrar los ojos y grité durante todo el camino hacia abajo. Ese recuerdo de la infancia todavía me hace estremecer.
Uno en Jesús
Ver competencias deportivas y conocer a atletas fue un sueño hecho realidad cuando asistí a unas Olimpíadas como reportera. Me fascinaba escuchar a personas de todo el mundo hablar en distintos idiomas y aclamar a sus naciones.
Ve y cuenta de Jesús
Mientras nuestro autobús iba ascendiendo por el estrecho camino a lo largo de las montañas de los Andes, mis compañeros reían y cantaban. Yo miraba por la ventana, asombrada de que no hubiera barandas entre nosotros y el abismo a la derecha. Sentía un poco de temor y ansiedad, y comencé a preguntarme por qué nuestro equipo misionero temporario había llegado a esa remota zona de Ecuador. Entonces me di cuenta: Dios debía amar profundamente a esas personas para haber enviado a su Hijo a morir por ellas. Seguramente, yo podría superar un viaje en autobús aterrador para hablarles de ese amor.
Restauración divina
Se me hundió el corazón. Un amigo que me estaba ayudando a configurar mi nueva computadora borró accidentalmente todas las fotos y videos que yo había transferido. Años de recuerdos preciosos con familiares y amigos desaparecieron en un instante. Sentí pánico. Nunca podría recrear esos momentos amados de vacaciones, viajes y celebraciones. Antes de que mi lado sentimental colapsara, mi amigo me dijo que tenía esperanza de recuperar los archivos. Felizmente, tras unas horas angustiosas, desbordé de alegría al verlos reaparecer.