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¿Qué esperamos para nuestro futuro?

 

Para comprender mejor la cosmovisión de las personas, un investigador colocó a dos niños, uno pesimista y otro optimista, solos en habitaciones separadas. Al pesimista le tocó una habitación colorida y llena de juguetes ideales para dejar volar la imaginación; a la niña optimista la colocó en una habitación llena de paja.

El primer niño jugó en la sala un rato, pero, poco después, fue a la puerta a pedir que lo dejaran salir porque los juguetes eran aburridos y se rompían muy fácilmente. De manera similar, la pequeña optimista también fue a la puerta. Pero, en lugar de pedir que la dejaran salir, pidió una pala. El investigador le preguntó a la niña para qué la quería. Ella respondió: «Con toda esta paja, tiene que haber un poni en alguna parte».

Al comienzo de cada año, escuchamos predicciones sobre economía, política y otros temas. ¿Habrá guerra o paz? ¿Pobreza o prosperidad? ¿Progreso o estancamiento? Sin duda, hay lugar para grandes expectativas, planes para el futuro e, incluso, toda clase de preocupaciones.

¿Cómo podemos esperar que todo mejore y que nuestra familia y seres queridos vivan en un mundo mejor y más seguro? ¿De qué manera podemos ser optimistas cuando vemos disturbios por todas partes?

Pablo le dijo a Timoteo: «… en los últimos días vendrán tiempos difíciles. […] los hombres malos e impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados. Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido» (2 Timoteo 3:1, 13-14).

No importa lo que pueda suceder. El nuevo año y las nuevas temporadas prometen cosas grandes y maravillosas si verdaderamente confiamos en que el Padre celestial tiene el control de nuestra vida, nuestros planes y los deseos de nuestro corazón.

Debemos recordar que Dios está siempre con nosotros y que nos ama sin medida. Puede darnos la fortaleza que necesitamos para llevar a cabo nuestras resoluciones y las promesas que nos hicimos. Él es nuestra esperanza… ¡hoy, mañana y siempre!

Nuevo logo y sitio web

Lo más importante de nuestra historia no es el «Acerca de nosotros»

En 1938, el ministerio comenzó con un programa de radio llamado Detroit Bible Class. Desde entonces, nuestro grupo de amigos pasó de estar formado por unos pocos radioyentes a incluir millones de personas en todo el mundo que utilizan nuestros materiales basados en la Biblia.

Con el correr de los años, cambiamos nuestro nombre para reflejar mejor la variedad de recursos que ofrecemos. En la actualidad, hemos visto que la mayoría reconoce quiénes somos por el amado devocional Nuestro Pan Diario. Por esta razón, cambiamos nuestro nombre a Ministerios Nuestro Pan Diario, para comunicar más claramente quiénes somos. Aunque nuestro nombre ha cambiado, nuestro objetivo es el mismo: alcanzar a personas de todo el mundo con el mensaje del amor de Dios.

Somos una organización no denominacional y sin fines de lucro, con personal fijo y voluntarios en más de 35 oficinas, que trabajan juntos para distribuir más de 60 millones de recursos en 150 países. Ya sea mediante un programa de radio o televisión, DVD, redifusión multimedia, aplicaciones móviles o nuestro sitio web, proporcionamos materiales para ayudar a las personas a crecer en su relación con Dios.

Lo importante es la fidelidad de Dios. Y tú.

Durante más de 75 años, hemos sido testigos de la fidelidad de Dios con la misión de Ministerios Nuestro Pan Diario. Y sabemos que, solo gracias a ti, tu familia, tus amigos, tu iglesia y tu apoyo, hemos podido compartir la buena noticia del amor, la gracia y el perdón de Dios en todo el mundo.

Porque el Señor es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones. –Salmo 100:5

 

¿Está todo bien?

Él comenzó a garabatear algunas palabras en un papel. De repente, desvió su mirada hacia un costado y encontró una pequeña nota escrita por su esposa. Cerro sus ojos e imágenes de la memoria lo visitaron: su hijo, de apenas cuatro años, estaba acostado en la cama a causa de una fiebre fatal. Las imágenes lo transportaron a su ciudad, arrasada por un gran incendio. En un abrir y cerrar de ojos, vio que todos sus negocios e inversiones, fruto de mucho trabajo, desaparecían.

Observó también la imagen de su esposa junto a él, proyectando un largo viaje en barco. Ella iría antes con las cuatro hijas y él lo haría después de cerrar un negocio importante. Aún podía sentir aquellos abrazos tan amorosos que intercambiaron cuando se despidieron. Miró nuevamente y en detalle aquella nota, que decía: «Estoy a salvo, pero sola». Las lágrimas surcaron su rostro mientras pensaba en aquellas palabras.

El barco que llevaba a su familia colisionó con otro en alta mar y 226 pasajeros perdieron la vida; entre ellos, sus cuatro hijas. Solo su esposa había sobrevivido. Él enjugó sus lágrimas, continuó escribiendo y, así, Horatio G. Spafford, un abogado cristiano de Chicago, escribió en noviembre de 1873 uno de los himnos más bellos del cristianismo: Estoy bien con mi Dios. Sumido en un profundo dolor, compuso estos versos:

De paz inundada, mi senda ya esté, o cúbrala un mar de aflicción,
cualquier que sea mi suerte, diré: ¡Estoy bien, tengo paz, gloria a Dios!

Tal vez ya hemos conocido personas que pasaron por situaciones semejantes. ¿Cómo ofrecer refugio y ánimo a aquellos que sufren? ¿Cómo ayudar a alguien que perdió su empleo o a un familiar, o que hoy enfrenta una grave enfermedad? Mientras sufría, el autor del Salmo 77 cuestionó: «¿Desechará el Señor para siempre, y no volverá más a sernos propicio? ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Se ha acabado perpetuamente su promesa?» (vv. 7-8).

El motivo de la pregunta del poeta es descubrir por qué estaba siendo probado. Esta es una reacción natural, no solo para los que están pasando por pruebas, sino también para quienes los rodean y los aman.

Aun cuando ambos estaban afligidos por semejante dolor, los Spafford y el salmista entendieron que, independientemente de cuál fuera la pérdida, la lucha o la tribulación, recibirían mayor ayuda y consuelo de parte del Padre. Podemos acercarnos con confianza a los que sufren, preparados para escuchar y con las palabras de Jesús:

«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. […] La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:1, 27).

La esperanza de un día mejor hace que el sufrimiento actual sea un poco más llevadero. Podemos aprender a vivir con las pérdidas, porque el Señor nos anima y nos consuela siempre.